Para la mayor parte de sus consumidores/aficionados el medio audiovisual es un entretenimiento, un refugio al que acudir con el fin de olvidar las tensiones diarias y zambullirse despreocupadamente en vidas ajenas.

Desde la seguridad del sofá, el espectador paladea las evoluciones de los protagonistas de la obra escogida y empatizará con ellos en mayor o menor medida, dependiendo de la maestría del equipo involucrado en dicha obra y/o de su grado de concentración y disfrute de la misma. Sin embargo, existen ocasiones en las que los creadores derriban a martillazos la barrera conceptual que separa lo que ocurre en la pantalla de la comodidad de nuestras salas/casas, desatando un torrente de diferentes sensaciones que multiplican la singularidad de la experiencia. El objetivo de este artículo es destacar 3 ejemplos que llamaron poderosamente la atención del que escribe (con brevedad y evitando destripar las tramas), pero que no dejan de ser pequeñas muestras de un recurso que se ha utilizado en numerosas ocasiones durante la historia del medio, con mayor o menor suerte. Sed bienvenidos a: «destruyendo la Cuarta Pared».




Abrimos la veda con uno de los usos más perturbadores de esta herramienta, como parte de «Funny Games«, el terrorífico y polémico film de Michael Haneke (1997). La obra, un tratado sobre la violencia primo-hermano de «La naranja mecánica» de Stanley Kubrick, desmonta la artificial seguridad de la sociedad del bienestar ante los ojos del sufrido espectador, abandonando a una idílica familia acomodada a merced de los más oscuros y escalofriantes rincones de la maldad humana. Pero, no contento con eso, el director se atreve a echar abajo nuestra burbuja con recursos varios, destacando el famoso guiño a cámara de uno de los psicópatas protagonistas. Los monstruos buscan nuestra complicidad ante sus abominables actos, y eso incrementa exponencialmente el terror.

Dos años después, en 1999, llegaba a las salas «El club de la lucha«. David Fincher acabaría haciéndose cargo de la adaptación de la novela de Chuck Palahniuk, cuyo germen se situó en una experiencia autobiográfica del autor. Palahniuk comenzaría el escrito tras contemplar la indiferencia total de sus compañeros el día en el que se presentó en su puesto de trabajo con heridas evidentes, fruto de una agresión recibida el fin de semana anterior.

Partiendo del mantra «lo que posees acabará poseyéndote», la obra es una crítica brutal y despiadada hacia la sociedad del SXX (y del XXI), con el consumismo como piedra filosofal y un modelo de pautas y etiquetas vitales que encapsulan la libertad del ser humano hasta límites ridículos. El narrador (Edward Norton) es un simple avatar que podría contenernos a cualquiera de nosotros (los espectadores), y el propio Fincher se encargará de recordárnoslo cada vez que el personaje se gira para hablarnos directamente, sin ambages.
Más reciente tenemos el ejemplo de la serie «House of Cards» (Netflix, 2013), que ha hecho de la destrucción de la cuarta pared una de sus señas de identidad más acusadas ya desde el episodio piloto. Asistir al maquiavelismo y a la ausencia absoluta de ética del personaje de Kevin Spacey en cada capítulo es una cosa, que Frank Underwood se dirija a nosotros para explicar los porqués de sus comportamientos amorales y lleguemos a entenderlos en algunos casos, eso invita a la necesidad inmediata de una reflexión interna…
Ni siquiera nuestro sofá favorito es un lugar seguro, ante el acoso y derribo de los grandes maestros de cada género.
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