Ya lo dijo la Agatha Christie: “La esencia de un buen relato detectivesco es que el culpable sea alguien obvio, aunque al mismo tiempo, por cualquier motivo, parezca que no es tan obvio, que no podría haberlo hecho. Pero, por supuesto, sí lo hizo”.

detectiveY así, entre crímenes y asesinos, ladrones y robos imposibles, astutos detectives, venganzas y oscuros sentimientos, siempre a finales de otoño en tardes grises o lluviosas donde las gotas salpican en las ventanas de mansiones victorianas, crecen y crecen numerosas novelas de detectives, relatos policiales y tramas imposibles que enganchan a cualquier lector.

Pero este pequeño universo de misterio ¿de dónde viene? pues se ha ido configurando desde mediados del siglo XIX cuando Edgar Allan Poe (1809-1849) publicó Los Crímenes de la Calle Morgue (1841) y posteriormente El misterio de Marie Rogêt (1843) y La carta robada (1843) inaugurando así el género detectivesco en la historia de la literatura. Esta trilogía de Poe estaba protagonizada por Cheavalier Auguste Dupin, un  detective aficionado, amante de los libros raros, que se basa en la deducción lógica y su capacidad para introducirse en la mente del criminal e intentar pensar como él. El relato detectivesco ya se presenta en estas obras como un juego de deducciones y conjeturas que se van demostrando tal ecuación matemática.

El detective Dupin y su extraordinaria mente son la inspiración de Arthur Conan Doyle (1859-1930) para su gran creación: el detective Sherlock Holmes, un hito en la historia de la novela policiaca todavía no superado. Este extravagante y vanidoso detective experto en química –y en casi todo según él- utiliza la demostración científica para sus deducciones acompañado de una capacidad de observación sobrehumana. A diferencia de Dupin, no se basa en conjeturas demostrables sino que acude al lugar del crimen, captando cada detalle y, basándose en hechos empíricos, siempre logra atrapar al malhechor. Otra de las grandes aportaciones de Doyle al género policiaco fue la introducción de la pareja literaria: su querido Watson. Este acompañante fiel y no tan listo como Holmes se encarga de hacer el contrapunto a su extremada petulancia.

Doyle, además, ya comienza alterar este universo del enigma, rompiendo la estructura básica: delito-detective-investigación-culpable. Un claro ejemplo de ello y un relato muy recomendable lo encontramos en La Liga de los Pelirrojos, donde no llega a haber delito pero sí un curioso misterio que estructura toda la trama. También en el siglo XIX aparecen relatos que contribuyen significativamente a sumar elementos clave para esta literatura detectivesca como El cazador Cazado (1859) de William Wilkie Collins (1824-1889), donde los detalles más insignificantes cobran importancia y el desenlace inesperado se vuelve obvio.

Pero no será hasta el siglo XX cuando llegue lo que se considera como la Edad de Oro de la novela policial, con Agatha Christie (1890-1976) a la cabeza. Christie juega magistralmente con todos los elementos de este tipo de novela: sospechosos, móviles, culpables, crimen, detective, etc., y lleva al lector de la mano a través de una investigación donde detective y lector tienen los mismos datos, las mismas pistas y sospechas, desarrollando un fair-play y retando al lector a averiguar quién es el culpable;  como ya estableció el novelista y creador del detective Philo Vance S.S. Van Dine (1888-1939) en una de sus reglas para escribir relatos detectivescos: el lector y el detective han de tener las mismas oportunidades para resolver el misterio.

Ejemplos como Asesinato en Orient Express donde encontramos tantos culpables como sospechosos, La Ratonera donde el policía se infiltra y nada es lo que parece o Diez Negritos donde no hay detective como tal nos demuestran la capacidad de la autora británica para jugar con las infinitas posibilidades que nos brinda el género.

Miss Marple y, sobre todo, Hercules Poirot son los grandes detectives creados por la conocida Dama del Crimen. Poirot es un paso más en la evolución del investigador hábil, detallista, extremadamente observador, como su antecesor Holmes, pero en este caso más humanizado, sin tanta extravagancia. Es un policía belga, retirado, que gracias a su materia gris consigue resolver de forma elegante los crímenes más insólitos.

Desde Poe a Christie, pasando por Doyle o Collins hasta El simple arte de matar de Raymond Chandler se fue gestando un género o subgénero que hoy día se reformula y transgrede constantemente y que llena los estantes de las librerías y copa las listas de bestsellers. La novela policiaca y más tarde la novela negra se han ido convirtiendo en preferencia para los lectores y un gran negocio para autores y editoriales.

Continuará….

Cristina Ruiz.

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