Diez años se han cumplido desde que Sean Penn nos sorprendiera dirigiendo (y guionizando) el tránsito a la pantalla grande de la novela de Jon Krakauer, que narra la peripecia vital (real) de Christopher McCandles a inicios de los años 90. Nominada a dos Oscars de la Academia en su día (mejor montaje y mejor actor de reparto, personalizado en un glorioso Hal Holbrook), Into the Wild merecía nuestro más humilde homenaje, antes de que 2017 se aleje definitivamente por el horizonte del espacio y del tiempo.

Porque estamos ante una obra de gozosa belleza sensorial, amén de portadora de un poderoso mensaje de vida.

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El brutal viraje vital emprendido por el vástago de los McCandles, en parte originado por ciertas acciones e influencias provenientes de sus progenitores y que se nos relatarán en un film que contó con su participación, es motor de explosión para un viaje que implicará el desprenderse de todo lo accesorio para el ser humano, en busca de la comunión total en una doble vía de vasos comunicantes: con la naturaleza y consigo mismo.

Pero Christopher se atrevió incluso a desafiar a la esencia de nuestra especie, esa gran verdad que nos acompaña desde nuestra genésis y sigue caminando a nuestro lado en cada pequeño y gran paso de nuestro proceso evolutivo: somos criaturas sociales, en gran parte dependientes de las relaciones más directas y sinceras con nuestros congéneres más próximos. Y, en su fervor fanático, incluso él acabaría por reconocer tal máxima llegado el momento.

Penn dibuja con maestría un collage de las personas con las que Christopher comparte tiempo y experiencias en su camino, cuyas vidas mejora pero a las que no dudará en dejar atrás. Ningún titubeo que le aparte del innegociable destino fijado en su brújula: Alaska.

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Un guión que desprende amor por la vida en todas sus formas, un reparto en el que algunos de sus integrantes firman las que probablemente sean mejores actuaciones de sus carreras (caso de Vince Vaughn, o del mismo Emile Hirsch), una maravillosa fotografía de esplendor difícilmente superable (por obra y gracia del parisino Eric Gautier), y una banda sonora que es joya coral en perfecta comunión temática con el film: todos instrumentos perfectamente afinados, que funcionan como memorable engranaje en una orquesta inolvidable.

“Happiness only real when shared.”

Como ocurre siempre con las mejores obras, Into The Wild deja en el espectador enseñanzas e instantes que prevalecerán en su memoria. Uno de los mayores poderes inherentes a la genialidad.

@Juanlu_num7

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