Coppola vocifera iracundo en pleno rodaje en Filipinas, arrastrado por una mezcla de ira e indignación. El objetivo de sus blasfemias, un Dennis Hopper visiblemente perjudicado que no logra recordar su línea de diálogo en la toma que el equipo trata de rodar. Acto seguido Hopper responde al director, puntualizando que nadie le había entregado la hoja con sus líneas en cuestión…

Caótica desorganización, excesos, desastres meteorológicos, personalidades volcánicas entremezcladas y a menudo enfrentadas… Apocalypse Now es un milagro surgido de uno de los más salvajemente desastrosos rodajes de la historia del cine. Francis Ford Coppola fijó su foco sobre una contienda especial para el pueblo norteamericano, en la que su país acabó retirándose del frente (por tildarlo de una manera mínimamente académica y contenida dentro de la jerga militar) dejando atrás 60.000 soldados muertos y más de 300.000 heridos. Y llegó a asomarse al precipicio de la bancarrota más absoluta, teniendo que financiar parte de una filmación que se extendió a 3 años trufados de desgracias materiales y personales. Todo para evitar la fuga de los estudios en pleno proyecto, amén de conservar el control creativo sobre la obra.

La fanática determinación de Coppola nos permite disfrutar hoy día de una joya que es viaje dentro de otro viaje, porque al camino emprendido por Willard (Martin Sheen) en busca de una misión que otorgue propósito a su existencia se suma el tránsito de la propia película por senderos que incrementan su nivel de surrealismo según avanza el metraje. Y en el propio Martin Sheen (hijo de un inmigrante gallego que hizo las Américas en su día), que llegó a uno de los roles de su carrera tras las negativas previas de Robert Redford, Jack Nicholson o Steve McQueen y el despido de Harvey Keitel, hallamos el primer pilar y resorte de un rodaje legendario en su locura.




Porque, tras la escena de apertura que nos presenta a un Willard en pleno descenso a los infiernos, desesperado y caminando por los límites de la cordura en una secuencia que plasma con una magnificencia pocas veces alcanzada las profundas secuelas que la guerra siembra en lo más insondable de la mente humana, hay mucho más que un excelente trabajo de actor y equipo. Prácticamente todo lo que vemos en la secuencia es real, y los niveles de alcohol en sangre que sugiere el personaje nadaban por el interior de un Sheen recién llegado de una fiesta salvaje de 24 horas de duración. La misión llega como ángel que desciende de los cielos, para articular existencialmente y de paso salvar a Willard, pero los excesos pasarían factura al actor de 36 años: un infarto poco después le obligaría a abandonar el proyecto durante 6 semanas.

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Y todo lo anterior ciñéndonos únicamente a la escena introductora del film…

En la historia de doble contienda interna (del propio Willard consigo mismo) y externa (Vietnam) se define un objetivo, ese propósito salvador para un tipo cuya vida carece ya de sentido fuera del infierno bélico: encontrar y eliminar al coronel Kurtz de Marlon Brando. Y en torno la figura del mítico intérprete de Nebraska se aglomeran muchas de las claves de las entrañas de la obra.

Fuera de control durante todo el rodaje, Brando desoyó todas las peticiones del equipo y aterrizó en el set con 40 kilos de sobrepeso (cuando su personaje en la novela corta de la que bebe la película se mostraba en una buena forma física) y sin haber leído una sola línea de Heart of Darkness (Josep Conrad, 1899). Más allá de sus muchas y estrambóticas exigencias, incluyendo la de no coincidir jamás con un Dennis Hopper al que detestaba, camuflar la rotunda presencia de Brando supuso un reto importante para Coppola y su director de fotografía, el italiano Vittorio Storaro. Mostrar al coronel Kurtz tras un halo de humo y sombras, siempre vestido de negro como parte de una presencia pseudodivina y demoníaca al tiempo, solucionaba de paso una parte del problema corporal. Contratar a un doble de cuerpo para ciertas escenas haría el resto.

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La devastadora irrupción de un huracán, problemas delirantes derivados de la idea de un encargado de producción que, llevado por su afán de incrementar el realismo del film, llegó a acordar el suministro de cadáveres reales con un proveedor de un colegio de medicina de la zona (con los consiguientes problemas que ello ocasionó, tanto desde la policía filipina como entre las fosas nasales de todos los integrantes del rodaje), un Dennis Hopper que era la quintaesencia del hippie setentero (consumidor habitual de un listado interminable de sustancias) y que se sumaba al catálogo de elementos discordantes del reparto… Como decíamos a inicios de la pieza, de milagroso se debe catalogar el que de un desbarajuste de tal magnitud naciera una gema inmortal, una que hunde sus raíces en la metafísica, en la filosofía y sus reflexiones acerca de la condición humana, y en el arte más puro.

Cine en su máxima expresión.

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