(…continuación de la tercera parte del relato –enlace-)

(Las esferas): Pero no te preocupes, te daremos protección.

Me entregaron una pequeña esfera rosa transparente del tamaño de una pelota de pin pong. Al tomar contacto con mi mano empezó a solidificarse.

(Las esferas): No te preocupes es la reacción al contactar con la materia. No la pierdas, ella te protegerá de muchas maneras. Ahora ¡a recuperar nuestro talismán!

Dicho y hecho, al instante nos encontramos en un paraje agreste a la entrada de una vieja cueva.




(Las esferas): Tienes que entrar tú solo; al final de la cueva encontrarás impresa en la pared la huella de una palma de la mano en blanco, tienes que poner tu mano en la huella y se abrirá una puerta, entrarás y allí estarán el talismán y el dedo de midas. Cuando los hayas cogido, vuelves.

Así lo hice. Me adentré en la cueva. Era bastante profunda y oscura pero la esfera rosa empezó a emitir una luz suficiente para ver por donde iba.

Llegué al final de la cueva y me paré. Allí estaba la huella de la mano. Hice lo que me había dicho las esferas. Puse mi mano sobre la huella y al instante se abrió la pared.

Había unas escaleras hechas en la roca, empecé a bajar. Cuando llegué abajo, vi lo que parecía una especie de mesa hecha de piedra, encima había dos objetos, me acerqué.

El talismán era transparente de dos colores negro y rojo, estaba rodeado de un recipiente también transparente. Pensé: ¿Cómo voy a cogerlo si es todo de luz? acerqué mí mano al talismán y éste empezó a hacerse sólido. Bueno, así podré llevármelo.

El otro objeto era una cajita de madera sencilla, sentía curiosidad, la abrí y dentro había un dedo muy bien conservado. Saqué el dedo y lo miré, no parecía nada especial, un simple dedo algo apergaminado.

Pensé: Voy a comprobar si realmente funciona.

Había unas piedrecitas en el suelo, toqué una de ellas con el dedo y ¡oh, voilà! se volvieron de oro.

Las cogí y me quedé mirándolas y sí, eran oro puro.

Así que es verdad, pensé. Como todavía no me fiaba, empecé a tocar más piedrecitas y todas se transformaron en oro.

¡Esto es el sueño de cualquier alquimista! Mi mente seguía sin comprenderlo pero ante la realidad no hay dudas.

Cogí los dos objetos y algunas de las piedrecitas de oro que me metí en los bolsillos y volví sobre mis pasos. Salí del recinto y al salir, la puerta volvió a cerrarse, se quedó como al principio pero la huella de la palma de la mano había desaparecido. Otro suceso incomprensible más, pero después de todo lo que estaba viendo, no me extrañó.

Salí fuera. Allí estaba la esfera azul, el talismán empezó a flotar. Creo qué ya podemos irnos –dije-.

De pronto empezamos a oír un ruido como de un enjambre de abejas.

Miré hacia arriba, allí vi un enorme prisma. Era transparente pero no del todo. En el centro tenía una mancha negra como de tinta, parecía que venía hacia nosotros.

Vi como el prisma se dividía en otros más pequeños, podían ser unos cien o más. Parecían soldados de un ejército. Transmitían una sensación de maldad, no tenían cuernos ni se parecían a los monstruos habituales pero daban miedo. Cada vez estaban más cerca. Con ellos traían una niebla negra que iba ocupando cada vez más espacio.

El talismán empezó a crecer y nos rodeó con una pared de fuerza.

La niebla negra no podía atravesar la pared. Luego todo acabó. Los prismas desaparecieron, el talismán volvió a su tamaño inicial, parecía que estaba todo despejado, mire hacia los árboles, vi varios pájaros que caían al suelo. ¡Se habían olvidado de volar!

Las esferas me volvieron a llevar a mi casa y me dejaron en el portal.

Se despidieron dándome las gracias y sin más, desaparecieron con el talismán.

Me quedé algo triste, me había sentido muy bien en su compañía, era como si hubiera perdido un amigo ¿volvería a ver a las esferas? me pregunté.

Abrí el portal, subí por las escaleras, me crucé con el del segundo y como de costumbre, no me saludó. Ya en casa me senté en el sofá, miré el reloj, me parecía que había pasado mucho tiempo. Eran las ocho y media. La misma hora a la que me había encontrado con las esferas en el parque. Era cierto, ellas no dependían del tiempo.

Me sentía exhausto, tenía que asimilar todo lo que había pasado, sabía que ya nada volvería a ser lo mismo ¿qué haría ahora?

Encima de la mesa estaban el dedo de midas y la esfera rosa, cogí la esfera y la observé detenidamente, era ¿recuerdo de mi experiencia o algo más?

Me sentía triste. Me acordé de las piedrecitas de oro. Las tenía en los bolsillos, las saqué y las puse sobre la mesa ¿seguirían allí mañana cuando despertara? ¿había sido todo un sueño?

Ahí tenía las pruebas de lo sucedido pero aún así………

¿Es la realidad un sueño? o ¿es él sueño la realidad?

Como dijo Calderón: Qué toda la vida es sueño y……. yo soy un soñador.

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