Sonidos de ultratumba, misteriosos y recios, relegan la conversación a un susurro miedoso.

En la habitación, un perro aúlla y el amo se arrastra por el salón entre los muebles.

La pata de la mesa le hace temblar cuando se incrusta en su frente, el grito ahogado no se siente.

El perro se tumba con las patas hacia arriba.

El hombre levanta la mirada y no puede creer lo que ven sus ojos.

Un armario de dos cuerpos se le viene encima, todo lo que pudo decir es ¡Dios mío!

El estruendo atrajo a los vecinos, golpearon la puerta, hasta romperla.

Lo que vieron dentro los dejó callados.

El perro se levantó y huyó por entre las piernas de la gente.

Una canción lenta se oía en la radio. Era Ven a mis brazos de Juan Antonio Labra.

Alguien apagó la radio y encendió la luz ¿qué ha pasado? ¿qué ha pasado?

Creemos que ha sido un accidente, habrá que avisar a la policía.

Néstor ha muerto y su perro ha huido ¿quién llorará por él?

Cuando llegó la poli, todos contaron su versión.

¡Todas tan distintas!

Nadie le conocía. Llevaba poco tiempo en la ciudad. Un hombre solitario.

Un periodista apareció por allí. Lo publicaría en el apartado de sucesos.

La cabeza de Néstor estaba machacada, parte de ella se había quedado pegada en el armario de madera de roble, mueble antiguo y robusto, como los que se hacían antiguamente. Ahora ya no se fabrican igual.

¡Pena de hombre! ¡morir de esa manera! ¡a golpe de armario y sonido de ultratumba!

La mayoría de sus pertenencias cabían en una caja. Él no era guapo ni feo, ni rico ni pobre, ni listo ni tonto, pero era bastante despistado y su miedo a la oscuridad, le jugó una mala pasada, cuando se fundieron los plomos, al encender la cocina y la lavadora al mismo tiempo.

Es posible que tuviera el sida y también que fuera algo imbécil, pues a quien se le ocurre confundir la puerta de la calle, con la del armario.

Bueno en realidad Néstor era simpático y su perro le amaba, por eso volvió y ahí estaba aullando cerca del cadáver.

Le lamia la sangre, gruñía y enseñaba los dientes a los curiosos, no quería que se lo llevaran.

Alguien le enseñó una salchicha y así, mientras se la comía, pudieron sacar a Néstor.

Es más fuerte la necesidad que el cariño, dijo alguien refiriéndose al perro.

Un vecino se quedó con el perro y la muerte de Néstor, quedó grabada en la memoria de todos aquellos curiosos.

¡Pobre hombre! decían cuando lo recordaban, sin darse cuenta que ellos eran al igual que Néstor  ¡pobres hombres!




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