El 8 de abril de 1990 se estrenaba en EEUU “Twin Peaks”, la serie con la que David Lynch y Mark Frost revolucionaron el mundo de la ficción televisiva. Brutalmente adelantada a su tiempo, hoy día se amontonan nombres de obras muy posteriores que siguieron su estela, producciones que no hubieran sido posibles si aquel dúo de visionarios no hubiera decidido romper esquemas y derribar barreras.

Twin Peaks es historia de la televisión, tanto estadounidense como española. Para toda una generación de niños nacidos en los 80, aquella inmortal sintonía de apertura de Angelo Badalamenti era señal inequívoca de que tocaba irse a la cama ipso facto. Además, el viernes había que madrugar para ir a cole…

La brutal campaña publicitaria (también en los periódicos patrios), que inundó hojas y hojas con aquellas míticas y enigmáticas líneas (“Laura Palmer ha sido asesinada. Nadie sabe quién la mató”), suponía el desembarco efectivo de una nueva manera de entender la creación en el ámbito de la “caja tonta”, con una apuesta firme y clara por la sorpresa, el artificio y la calidad. Porque, más allá de ejercer como motor de explosión para arrancar la trama con una fuerza descomunal (esa icónica imagen del cadáver de la chica envuelto en plástico nunca se borraría de las cabezas de los osados zagales que nos atrevimos a escudriñar la tele a hurtadillas), David Lynch nos engañaría a todos ya en la 1ª temporada: el asesinato era tan sólo una excusa para presentarnos a los habitantes del pueblo y abrir una serie de arcos argumentales que nunca pretendería (ni podría, en algunos casos) cerrar.


La trama nos ofrecerá una sensación irreal y artificial de avance en la investigación liderada por el peculiar agente Dale Cooper (investigador de curiosos métodos, basados en la pura intuición y en sus visiones), pero, acabados los 8 capítulos de la temporada, descubriremos con estupor que seguimos sin conocer al autor del crimen. La verdadera intención de Lynch y de Frost es ofrecer un nuevo enfoque de la eterna batalla entre el bien y el mal, desde el brutal contraste entre la quietud e idílica belleza del enclave natural y los claroscuros de sus inquilinos. En torno a esta idea se irán entrelazando subtramas que irán desde el amor hasta el tráfico de drogas, con toques de surrealismo presentes en las famosas visiones de Sarah Palmer y del agente Cooper (todo el mundo recuerda el famoso sueño del protagonista, con el enano en la habitación roja). Un surrealismo aún contenido, que se desbocará en la 2ª temporada.


Y es que, acabados los 8 capítulos de debut, comenzarían los problemas de “Twin Peaks”. Lynch abandonaría paulatinamente el interés en la serie, ante las presiones de la ABC por desvelar cuanto antes la identidad del asesino (lo cual ocurriría a inicios de esta irregular 2ª temporada) y entre la perspectiva de un alargue interminable (que llegaría hasta los 22 capítulos) y el nuevo foco de demanda de esfuerzos que constituía “Corazón Salvaje”. La caída en las cifras de audiencia dañó mucho a la serie, con una terrible difusión y amago de cancelación incluido, pero también aquí encontraremos joyas como el magnífico capítulo 15, uno de los favoritos del que escribe. Únicamente hay que cambiar el chip de forma radical, para seguir disfrutando.

Con la 3ª temporada de la serie acercándose poco a poco, para cerrar aquel críptico mensaje de la propia Laura Palmer al agente Copper (“I´ll see you again in 25 years”), no hay mejor momento para revisionar la revolución perpetrada por Lynch&Frost a inicios de los 90. Nunca es tarde para volver a vivir un paso crucial en la historia de la televisón.

@Juanlu_num7

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