Toda gran historia tiene un origen. Los miserables, la inmortal obra de Víctor Hugo tantas veces adaptada al musical, teatro o cine, también cumple esta verdad bien sabida.

En el caso que nos ocupa, Los miserables: el origen (Jean Valjean en el original francés), es “una adaptación o precuela” de Víctor Hugo donde se nos desvela la historia de Jean Valjean, como empieza siendo un maldito, un apestado de la sociedad al salir de la cárcel tras una larga condena. Y del obispo Myriel, por todos conocidos como “Monseñor Bienvenu”, el único que le acoge.

Ambos personajes están atrapados en la miseria de la Francia post Napoleónica. Jean Valjean por su pasado criminal y largo sufrimiento en una terrible cárcel donde era más fácil morir que rehabilitarte o incluso salir con vida y algún atisbo de esperanza.

El obispo, quien vistió los hábitos tras perder a su amada, tiene una interesante reconversión del lujo y ambición al verdadero cristianismo, dando prácticamente todo por los demás. Como en la consabida escena donde Jean Valjean es arrastrado hasta el obispo por los gendarmes con la intención de que confiese y devuelva los cubiertos de plata y, sin embargo, el obispo le dice que no tendría que haberse ido sin despedirse, dándole además dos candelabros de plata.

Esta emotiva escena es el final y a la vez el inicio de la historia que todos conocemos.

Pero antes vemos, como decía, la reconversión del obispo a través de un encuentro con un aparentemente harisco ermitaño. Este perdón por parte del humilde obispo provoca un cambio en Jean Valjean, pasando a ser un heroico justiciero en una redención final tras cometer otra mala acción dejándose llevar por sus instintos. Un momento que nos recuerda las dificultades y penurias de la infancia en esa época de opresión, (con personajes tan maravillosos -miserables sin esperanza-como Jondrette o Gavroche).

Un film dirigido y adaptado por Éric Besnard (Las cosas sencillas) magistralmente interpretado, una tarea nada fácil, por los ganadores del César Grégory Gadebois (Delicioso) e Isabelle Carré (Cata de vinos), junto a Alexandra Lamy (La primera escuela) y Bernard Campan (Una bolsa de canicas).

En medio de estos personajes atormentados, durante el visionado (ya en cines) es fácil que resuene en la mente del espectador, entre las brumas, el ambiente de miseria y desesperación, esos acordes tan conocidos llamando a las barricadas. Un trágico, humano y fervoroso clamor popular que todo gobernante (como vemos últimamente) haría bien en recordar, defendiendo las oportunidades y la libertad para sus conciudadanos.

@EduVicu

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