Hay muchos trabajos que son muy necesarios, esenciales diría yo, para la sociedad, pero cuyo trabajo solo se ve en momentos de crisis o cuando un pueblo, una ciudad o región lucen excepcionalmente. Me refiero a bomberos, agentes de seguridad y protección civil, mantenimiento del alumbrado, parques y jardines o limpieza de calles, profesores (especialmente de colegios e institutos públicos). O, como en este caso, el de quienes ejercen la profesión de enfermería, tan en crisis (dentro y fuera de España y de la UE) estos días.

El cine, y la literatura, han rendido homenaje a estas figuras. Turno de guardia, la película de Petra Volpe con Leonie Benesch (Sala de profesores) es el último ejemplo. Un buen testimonio sobre estos ángeles de la guarda silenciosos y muy entregados, pase lo que pase, a cuidarnos cuando tenemos la tragedia de ingresar en un hospital.

Espero que su visionado nos enseñe a ser mejores pacientes, más amables con ellos, así como a las autoridades a encontrar una solución a sus extenuantes jornadas laborales y fomentar más las vocaciones.

La IA junto a la robótica puede ayudar, sin duda, pero el toque humano, en la relación directa con los pacientes, siempre será necesario como se demuestra en la película. Los profesionales de la enfermería, además de atender, también tienen la importante labor de consolar, aunque a veces solo sea con gestos, una sonrisa, dar dulces a los niños (ingresados o a los que vienen a visitar a parientes en un entorno tan duro y frío como suele ser un hospital). Si somos amables con ellos y les devolvemos una sonrisa o un simple “gracias” en sus a veces excesivamente rápidas rondas (por exigencias del trabajo), ya les ayudamos mucho.

Podrían haber elegido cubrir un día o una jornada en el hospital, pero la elección de seguir a Floria (Leonie Benesch) todo el filme ha sido un gran acierto. Desde el inicio de su jornada a principio de la tarde hasta bien entrada la noche, la cámara no deja de seguirla, (excepto en momentos en los que es necesario ver la escena desde fuera, para resaltar el dramatismo).

A veces a un ritmo trepidante, otras un parón para respirar y desahogarse, para calcular minuciosamente las dosis de medicina que cada persona necesita o mientras consuela a un paciente, la exigente planificación técnica para darnos una idea del frenético día a día de estos trabajadores es perfecta. Se trata de un buen ejemplo de filme con cámara en mano o travellings casi constantes, así como los cambios de ritmo, hilado todo en un excelente montaje.

Es un punto de vista no solo más inmersivo, sino más novedoso, ya que en la pantalla hemos tenido varias historias de hospitales (Planta 4ª, Pulseras rojas) o doctores relevantes (El doctor, Patch Adams) e incluso sobre pacientes (Goodby Jane), pero nunca un seguimiento tan intenso e inmersivo, como decía, de estos profesionales. Aquí se plasma todo el estrés y la exigencia cada vez mayor de un trabajo que, a veces, les hace equivocarse (a veces con graves consecuencias, por desgracia) o perder los papeles. En este caso, esto último forma parte de una situación en la narrativa que sirve de alivio cómico y un acertadísimo punto de giro de una de las tramas secundarias.

Una de las muchas que se van sucediendo a lo largo de una extenuante tarde que nos hará reflexionar. Y, a los que afortunadamente estamos sanos, quejarnos menos por trivialidades de un trabajo seguramente menos exigente y abrumador que el de estos ángeles protectores.

A todos ellos, incluidos celadores y doctores (también a los de los centros de salud), quiero aprovechar estas líneas para darles las infinitas gracias por su entrega y dedicación. También a los que han hecho posible Turno de guardia, una película muy recomendable.

@EduVicu

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