Muy de vez en cuando una obra maestra emerge poderosamente para trascender género e incluso medio, alcanza una armonía perfecta en todos sus elementos y resortes y regala al espectador una lección de vida que jamás olvidará, o al menos le obsequia con un maravilloso presente en forma de experiencia que difícilmente se perderá en el oscuro abismo de la memoria selectiva, y que incluso le acompañará a través de revisionados recurrentes durante el resto de su existencia.

Servidor se acomodó en su asiento para ver Call me by your name con la cierta garantía bajo el brazo de un tráiler que ofrecía poderosos indicios de ocultar tras de sí un film verdaderamente especial, una de las pequeñas joyas imprescindibles de 2018 (año de su estreno en nuestro país). Pero, como ocurre en contadas ocasiones en la vida de adultos a quienes el paso del tiempo atenúa poco a poco esa ilusión tan puramente infantil y juvenil, la emoción y plenitud más intensas habían ingresado irremisiblemente por todos y cada uno de los poros de su piel, consumidas las 2 horas y 12 minutos de duración de la obra.

El milagro de presenciar algo que se graba a fuego y que ya jamás abandonará su pequeño mundo.

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Pasión desbordante (y desbocada en ocasiones, pero siempre desde el más elegante de los tratamientos); celebración de la comunión con la naturaleza; cariño, orgullo y respeto infinitos profesados por unos progenitores hacia su hijo; sutiles e inteligentes perlas de humor; gozosos fogonazos de la Italia ochentera más costumbrista; ilusión en todas las formas posibles (mención especial a esa explosión incontenible de felicidad juvenil del padre del joven Elio, al ser parte del descubrimiento de unos restos arqueológicos rescatados del mar)… apoyada en unas sensacionales fotografía y banda sonora, y con un guión plagado de excelentes diálogos, Call me by your name es una celebración de la vida, una invitación a sentir con la mayor de las intensidades y sin miedo alguno al sufrimiento.

Porque el miedo nunca debe arruinarnos experiencias que no todos tienen la fortuna de poder hallar en su camino. Y sufrir también es vivir.

El poderoso discurso de un padre a un hijo en plena caída desde un estado de apogeo vital transitorio a otro de espíritu errante y casi fantasmal, también con caducidad (relevancia brutal la del plano elegido para el inicio de dicha escena, con un Elio que es poco más que un reflejo en el espejo), es broche de oro para una historia de magnificencia indescriptible. Broche rematado con la perfecta clausura, en fusión con los créditos y con Visions of Gideon de Surfjan Stevens acompañando con elegancia a un protagonista en plena asimilación de cierta noticia que cierra una etapa y abre con un violento portazo la siguiente.

Call me by your name probablemente sea la mejor película que muchos veremos este año, con el recién nacido 2018 apenas iniciando su torpe gateo.

@Juanlu_num7

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