Envuelto, al menos en los primeros y últimos compases del metraje, en un clima que nos recuerda a la magistral El nombre de la rosa (filme basado en la novela de Humberto Eco), por los claroscuros de la vida monacal en la Edad Media, Narciso y Goldmundo nos desvela la profunda y sincera amistad entre dos jóvenes muy opuestos.

Una amistad que surge casi desde el principio, cuando el padre del joven Goldmundo le deja en el monasterio para que expíe los pecados de su madre.

Una amistad inquebrantable pese al carácter tan opuesto de cada uno. Mientras que Narciso es un novicio inteligente, algo distante y dedicado por completo a los libros y la vida ascética, Goldmundo es inquieto, rebelde e irreverente. El abad pone a Goldmundo al cuidado de Narciso, quien no tardará en sentir, secretamente, algo más por Goldmundo.

Esto le genera a Narciso una contradicción. Una lucha interna que hará que se fustigue mental y físicamente.

Con el paso del tiempo, el abad recomienda a Narciso que, por el bien de ambos y de todo el monasterio, convenza a Goldmundo para que se vaya.

Fuera de los muros, Goldmundo se aprovecha de lo aprendido con los monjes para ganarse la vida como escriba e inicia una prometedora carrera como escultor. Pero sobre todo se convierte en un don Juan, enamorando a las mujeres con las que se cruza.

Tras unos años de aventuras, desventuras, amores y desengaños, Goldmundo se reencuentra con Narciso, ya convertido en abad. Éste le encarga un altar y, pese a la oposición de algunos monjes, le defenderá. La imposibilidad de amar a Goldmundo, y ser correspondido, no impedirá que la franca amistad se fortalezca y se convierta en eterna.

Un entrañable y muy bien ambientado relato, Narciso y Goldmundo es la adaptación de la novela homónima de Hermann Hesse, dirigida por Stefan Ruzowitzky, (ganador del Oscar por Los Falsificadores).

 

 

 

 

@EduVicu

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