Drive ya aparcó previamente en esta santa casa, con una pequeña pieza en los estertores de 2015 (http://beat4people.com/drive-venganza-sobre-ruedas/), pero la obra de Winding Refn es una pequeña joya trufada de detalles en los que merece y mucho la pena detenerse, para paladear cine del más alto nivel. Y el epítome de todos ellos llega con la fastuosa escena del ascensor, 3 minutos en los que los extremos físicos y emocionales del protagonista de la historia se tocan y fluyen en perfecta yuxtaposición.

El devenir del film evidencia ya a estas alturas que el personaje de Gosling ansía una vida con Irene, el proyecto más precioso que jamás ambicionó. Pero las circunstancias que rodean a su tesoro obligan, y el conductor se ha visto empujado a desenjaular al monstruo que articula su naturaleza más salvaje, proveniente de un pasado cuyo conocimiento, al igual que su propio nombre, nos viene siendo vedado durante toda la historia.

Como ironía definitiva, el protagonista liberará de nuevo a la bestia brutal con la que cohabita para salvar y proteger lo más bonito que pasó por su vida, en su presencia y en una escena que es un prodigio en sí misma.

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El espacio se dilata, la iluminación se atenúa, y ritmo y música cambian y se abandonan a la pausa en el primer y último beso que el conductor dará a su amada, apartándola con delicadeza y suavidad de la tormenta que se avecina. Porque Refn se ha encargado de comunicarnos por activa y por pasiva, tanto en el plano abierto inicial como confirmando la presencia del arma de fuego, la amenaza latente y plausible que supone el tercer pasajero del claustrofóbico ascensor. La belleza y lo sosegado del momento tal vez nos empujen a olvidar ese hecho por un instante, pero el personaje de Gosling lo tiene siempre perfectamente presente. Y, tras imbuirse de luz al separar sus labios de Irene y observar su rostro, su rictus mutará bruscamente, para arrojarse de nuevo al abismo de la oscuridad.

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La explosión de violencia posterior, inclemente y devastadora, y el rostro de horror de Irene ante tan virulenta revelación, ya desde el otro lado de la puerta de ascensor y en la despedida definitiva, cierran algo más de 3 minutos imprescindibles. 184 segundos que bien merecían un pequeño homenaje.

El conductor sin nombre, al que únicamente parecía interesar quemar su vida tras el volante, es ahora salvador y exterminador en un único avatar.

Por amor.

@Juanlu_num7

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