Por más obstáculos que presente la vida, aparentemente insalvables, siempre hay un resquicio, algo a lo que aferrarse, por salir adelante. Un ejemplo al que seguir, o alguien por quien hacerlo.

Este es el caso de La familia Bloom (Penguin Bloom), película basada en hechos reales que A Contracorriente Films nos trae a las salas de cine este viernes 15 de octubre.

Con una impresionante destreza interpretativa, sobre todo Naomi Watts en el personaje protagonista, Sam Bloom, la madre super activa relegada a una silla de ruedas; el hijo mayor, Noah Bloom, (un jovencísimo Griffin Murray-Johnston con grandes dotes como actor), y el padre, (Andrew Lincoln), este film es muy recomendable.

Dirigido por Glendyn Ivin, el metraje combina escenas de superación personal, desesperación y alegrías, sobre todo a través de los recuerdos que Noah tiene de familia antes del desgraciado accidente en un viaje a Tailandia, cuando él sugirió subir a la azotea del hotel para hacerse una foto familiar.

Un desgraciado accidente que le provocará dolorosos sentimientos de culpa por lo que le sucede a su madre. Además de un «bloqueo emocional», quizá en parte provocado por la difícil etapa entre la infancia y la adolescencia, que le dificulta expresar lo que siente.

Sin embargo, será él también quien, gracias al rescate de una cría de ave, herida y sola, propicia la superación de su madre, logrando que recupere la alegría de vivir y la capacidad para volver a hacer deporte, cambiando el surf por el remo en piragua.

Todo el film es un proceso de transformación para la familia entera, pero sobre todo para Sam y Noah, desde la rabia y, en el caso de Noah, también culpabilidad como ya hemos dicho, pasando por un encierro en sí mismos y la pérdida de vitalidad hasta recuperar la ilusión y volver a ser el espíritu libre e insaciable que caracteriza a la familia Bloom, incluido Penguin.

Encerrarse en los recuerdos o negar el doloroso presente puede parecer la salida aparentemente más fácil e inmediata. Pero, al igual que Penguin debe aprender a usar sus alas, todos tenemos que encontrar ese algo, o alguien, que nos haga recuperar la vitalidad y seguir. En este caso, Sam tiene a su familia y la necesidad de volver a sentirse libre en el mar.

Narrativamente hablando, entre todo el colorido y la luminosidad del paisaje australiano, Ivin nos deleita con potentes metáforas para expresar lo que sienten los personajes, sin necesidad de diálogos o gestos que en muchos casos resultan forzados.

Por ejemplo, un tarro de miel que Sam tira cuando está sola en casa, viendo en la pared fotografías de todos sus recuerdos, en un momento de máxima desesperación; o el vídeo que Noah está editando, quizá como medio terapéutico para purgar su culpa.

Con todo, desde el colorido paisaje hasta los divertidos intentos de enseñar a volar a Penguin, Glendlyn Ivin nos brinda una historia llena de dolor, alegrías y llena de esperanza, como la vida misma.

Ya lo dice el dicho. «La esperanza (y la vida) es lo último que se pierde».

La familia Bloom, (de izquierda a derecha, Oli, Rueben,Cam, Sam y Noah, con Penguin). Derechos Yvette HarperCoastbeat.

La familia Bloom, una película que, como Volando juntos, es muy recomendable para ver en familia o para las salidas escolares al cine. Una historia, en definitiva, terapéutica, emocionante y épica.

@EduVicu

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