Un taxi en Tokio, dirigida por el aclamado y prolífico cineasta Yôji Yamada (Una familia de Tokio, El ocaso del samurái, Una madre en Tokio) es uno de esos filmes que emocionan. Se estrenó en el 38º Festival Internacional de Cine de Tokio, donde Yamada recibió el Premio a la Trayectoria por su extraordinaria contribución al patrimonio cinematográfico de Japón.
Con una sencillez visual, sin grandes efectos ni grandilocuentes movimientos de cámara, narra una historia muy potente. Los recuerdos de Sumire Takano (Chieko Baishô), una adinerada anciana que no ha tenido una vida fácil. El viaje en el taxi de Koji Usami, un taxista autónomo con dificultades económicas, se convierte para ambos en una sesión de terapia en la que irán conociéndose y en el que Sumire intenta poner paz en sus memorias.
La gran sensibilidad de Yamada, a sus noventa y tres años, junto al carisma de Baishô con quien el propio Yamada a contado en muchas de sus películas y Takuya Kimura hacen un coctel perfecto para los amantes de las películas sencillas pero emotivas.
Sin ser ni una comedia ni un drama, tiene de todo, como la vida misma: momentos de ternura, momentos que sacan una sonrisa y momentos de dolor.
Por encima de todo, Un taxi en Tokio es un filme luminoso y humano, con gran sentido de la autocrítica al mostrar comportamientos muy reprobables hoy en día del Japón de los 60.
Es un viaje por Tokio (y alrededores), con la belleza de los paisajes contrastando a veces con los tristes pasajes de la vida de Sumire, en el que merece adentrarse a través de la mágica oscuridad de una sala de cine desde el próximo 10 de julio.










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