Cuando Disney comunicó sus planes/calendario para el renacimiento de Star Wars a todos nos llamaron especialmente la atención esas producciones alejadas de la nueva trilogía, de presupuestos menos grandilocuentes e insertadas entre las principales con el aparente objetivo de endulzar la espera de dos años entre una y la siguiente. Abordarían tramas citadas de soslayo en la Santísima Trinidad original y profundizarían en personajes icónicos de las mismas. Pero, sobre todo, emergían como la oportunidad ideal para experimentar hasta ciertos límites dentro de un entorno respetuoso al máximo argumental, estructural y estéticamente con las obras de finales de los 70-principios de los 80.

Rogue One deja a un lado a la Alianza Rebelde blanca e idealista icónica de la saga para dibujar a unos guerrilleros bien representados en la figura de Cassian Andor (interpretado por Diego Luna): maquiavélicos, firmes seguidores de la doctrina de ese fin cuya consecución justifica el uso de cualquier medio al alcance, incluyendo el de cobrarse vidas por el camino. Oscuros pícaros, fiel reflejo de la nave que da nombre al film.




Porque la obra adopta a pies juntillas el apellido de la inmortal saga, y se vanagloria de él: es una película acerca del sacrifico en plena guerra contra un Imperio Galáctico en su apogeo de poder y que pretende imponer su doctrina por todos los rincones del universo conocido. Y es en las contiendas, ya sean guerrillas urbanas o asaltos multitudinarios en playas paradisíacas, donde la dirección de Gareth Edwards sorprende con un estilo sucio y frenético, habitual en el cine bélico pero novedoso en el ecosistema de la franquicia que nos ocupa. Enfrentamientos salvajes y con ciertos destellos de inclemencia que salpican el tono heróico habitual en la saga, que tampoco faltará.

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Entre los guiños varios hacia los fans del universo Star Wars, los viej@s conocid@s y el clásico secundario sobrado de vis cómica (el androide K-2SO, brillante en tal cometido), se aprecia el hecho de que Rogue One aprovecha su naturaleza de spin-off para alejarse un tanto de la continuidad reverencial (rozando el rango de remake por momentos) abrazada por Abrams en The Force Awakens. Edwards y su equipo mantienen la familiaridad del universo, nos hacen sentir como en casa pero a la vez juguetean con carcasa y narrativa (además de la banda sonora, con Michael Giacchino sustituyendo al eterno John Williams).

Y en esa singularidad radica su valor dentro de la serie.

@Juanlu_num7

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