Frank Miller siempre mostró un gran cariño hacia Daredevil. Desde su primer contacto con el personaje, en dos números enmarcados dentro de la colección The Spectacular Spiderman, sus limitaciones le convirtieron a ojos del guionista de Maryland en el más humano de todos sus supercompañeros coetáneos. Y aquel par de incursiones bastaron para que Mary Jo Duffy batallara desde su responsabilidad como editora en La Casa de las Ideas para que Miller se encargase de forma regular de un personaje de segunda línea, alejado de los grandes focos y muchas veces maltratado creativamente.

La etapa de Frank junto al Diablo de Hell´s Kitchen llegó hasta finales de 1982, logrando que las ventas de la colección repuntaran pese a unos inicios bastante discretos comercialmente hablando, y cerró de forma impecable con Ruleta. Un nuevo estilo de villanos que otorgaban severidad y disparaban el interés de las tramas (con Kingpin y un Bullseye más psicópata que nunca a la cabeza) y la vertiente católica de Matt Murdock fueron algunas de las grandes aportaciones de Miller, junto a unos guiones de la calidad marca de la casa.




Pero lo mejor aún estaba por llegar, porque el autor decidió regalar al personaje una obra maestra sin paliativos.

Su propio Año Uno.

La Pietá de Miller y Mazzucchelli.
Todos los derechos de la imagen reservados a Marvel.

Born Again (1986) es una oda a la fe (no necesariamente cristiana), al esfuerzo y, sobre todo, al amor y a la capacidad de perdón. A agarrarse a estos conceptos, varios de ellos muy poco comunes en las historias superheroicas, para superar cualquier situación por oscura y desesperanzadora que sea o pueda parecer. Una historia que coquetea con la novela negra más clásica, brutal y despiadada gracias a un villano colosal, maquiavélico, cruel e imparable en su búsqueda de la destrucción total de su antagonista, tanto en el plano físico como en el psicológico.

Un relato de bajada a los infiernos como necesario paso previo al más poderoso renacimiento. De la traición más rastrera, espoleada por la desesperación y la adicción (encarnada en Karen Page), seguida de la búsqueda activa del perdón ante la constatación del error mayúsculo cometido.

Y análisis aparte merece Nuke.

Kingpin manipula al supersoldado, utilizando su resentimiento y retorcido patriotismo como doble herramienta. Y Miller articula a través de este personaje un mensaje crítico hacia dos corrientes enfrentadas desde que en la década de los 60 el concepto de unidad moral a prueba de grietas de la sociedad norteamericana saltara por los aires: el conservadurismo de los poderes gubernamentales y la corriente crítica que conflictos como el de Vietnam originaron en la opinión pública.

En sencillo ver en Nuke trazos de esos soldados abandonados a su suerte a la vuelta de sus misiones, condenados a lidiar con la doble cadena perpetua que suponen el aislacionismo social y las terrible huellas psicológicas que la guerra deja en las profundidades más insondables del ser humano. Nuke es un Steve Rodgers fallido y caído en desgracia, y será el mismísimo Capitán América el encargado de desfacer el entuerto y dejar de paso una cita para el recuerdo:

«I´m loyal to nothing, general. Except the dream.»

Todos los derechos de la imagen reservados a Marvel.

La segunda joya imprescindible de Miller (https://beat4people.com/index.php/2018/07/25/nietzsche-en-gotham/) que se pasa por nuestras páginas y que, como ya dijimos entonces, justifica por sí sola el manido término de noveno arte.

@Juanlu_num7

 

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