De Gaulle  es un filme muy humano, alejado del tono bélico (no tanto del político) que tienen la mayoría de las películas con el trasfondo de la II Guerra Mundial. Narra la gestación de uno de los discursos que cambió el rumbo de la guerra. Y la historia.

Pero, en paralelo a las fervientes ganas de seguir luchando contra los nazis, junto a Inglaterra, se nos muestra también su miedo por la incertidumbre del paradero de su familia cuando todos se ven abocados a huir.

Mientras que el general se refugia en Londres, Yvonne, su mujer, emprende un periplo a una casa en el campo junto a Philippe, su hijo mayor, que desea alistarse; Elisabeth, su hija mayor, forzada a interrumpir sus estudios en París y su hija pequeña, Anne, que tiene síndrome Down pero que se convierte en el principal motor para todos.

Ante el imparable avance alemán, y la rendición oficial de Francia, buscan huir en uno de los últimos barcos, entre náufragos y caos, que salen de puerto francés, momento en el que el general les pierde el rastro por unos días muy largos. Estas secuencias, en paralelo a la trama política en la que De Gaulle, cada vez más solo y desesperado, persigue el apoyo inquebrantable de Churchill y sobre todo de los exiliados franceses para seguir luchando frente al miedo o la ambición desmedida del gobierno francés, son las pocas imágenes bélicas.

Un gobierno francés liderado, de facto, por el otrora héroe francés de la I Guerra Mundial, el mariscal Pétain que busca la alianza con Hitler para consolidarse en el poder.




Por si la claustrofóbica y peligrosa huida de la familia del general, y el discurso de éste en un pequeño estudio de la BBC, no fueran elementos suficientemente potentes, De Gaulle muestra elementos simbólicos que refuerzan el terror de esos días.

Con muy buen criterio, y sin cortar el ritmo narrativo, el director Gabriel Le Bomin, (coguionista junto a Valérie Ranson-Enguiale), incorpora un cruce de miradas entre Lambert Wilson (Charles De Gaulle) y un ciervo en uno de los viajes en coche del general. O una pesadilla de Yvonne, interpretada por Isabelle Carré, en la que aparece como objeto de deseo de varios nazis en una desenfrenada invasión del parisino palacio presidencial. O la pequeña Anne De Gaulle, (Clémence Hittin), acariciando un pony y un gato para tranquilizarse, mostrando una vez más la importancia de los animales en este tipo de terapias.

En definitiva, De Gaulle es una película bien construida, un buen homenaje en este 50 aniversario del histórico discurso de un “poliédrico” general. Humano, familiar, valiente, exitoso estratega y figura decisiva en el devenir de Francia, y, por el contexto histórico, mundial.

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