Interesante mezcla, visualmente muy lograda, entre samuráis y western, (que nos recuerda a Los siete samuráis y Los siete magníficos), en un escenario apocalíptico en el que todos viven presos bajo un yugo. Bien porque viven en una zona de “exclusión radiactiva”, la llamada Ghostland, una tribu temerosa que espera la profecía que les liberará; bien porque están en Samurai Town, (ciudad influenciada por el oeste y el este) liderada por un tiránico gobernador (Bill Moseley).

Ya desde los inicios, cuando el compañero de Nicolas Cage, Nick Cassavetes, enloquece en el atraco que los dos cometen en un banco, arremetiendo contra los que están ahí, vemos mucho colorido y alegría en un escenario siniestro. Una combinación que no nos abandonará, dejando pistas del terrible pasado. Como si, además de entretener, el filme supusiera una advertencia. Una fábula hacia donde nos dirigimos.

 “The Governor”, en lugar de enjuiciar a Nicolas Cage, le deja en libertad (obligado a llevar un traje con explosivos), a cambio de que localice y traiga a su sobrina, Bernice, quien está captiva en Ghostland.

A partir de ahí, Nicolas Cage entrará en un infierno real, perseguido además por los fantasmas de sus víctimas.

Se desata la lucha entre el bien y el mal, la opresión y la libertad, con los miserables de ese futuro alzándose como lo hicieran en la Francia de 1862, y un festival de sangre y unas coreografías de lucha (entre balas y katanas) como si el mismísimo Tarantino hubiera participado en el rodaje.

Por no meter “spoilers”, de la trama poco más se puede decir de esta película que se estrena este 28 de enero, del director japonés Sion Sono, uno de los directores japoneses más destacados de las últimas dos décadas gracias a películas como Suicide Club (El club del suicidio), Love exposure (Exposición de amor) y Tokyo Tribe.

@EduVicu

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