Había una vez, un circo… al que sólo iban a verlo los niños malos.

Cuando un niño se portaba mal, sus padres le castigaban llevándolo al circo. Los niños buenos nunca iban al circo.

El circo siempre estaba lleno, había lista de espera, padres impacientes porque sus hijos se libraban del castigo. Los niños decepcionados no lo decían pero en el circo se lo pasaban en grande.

Muchos niños se portaban mal solo para ir al circo. Los niños buenos como premio iban a la biblioteca a leer libros donde se les enseñaba a no pensar, a no sentir, a obedecer sin rechistar, a no reír, a no llorar, a no sentir piedad, a no amar …

Así eran las cosas, toda emoción debía ser reprimida, los padres nunca besaban o acariciaban a sus hijos. Jugar estaba prohibido.

Julián era un niño bueno, jamás había ido al circo, pero un día Julián hizo algo malo y sus padres le castigaron. Se sintió fatal, era lo peor que le podía pasar. No durmió bien aquella noche.

Al día siguiente le llevaron al circo y tendría que divertirse, reír, cantar, estar alegre. Era horrible. Intentó suplicar a sus padres para que le quitaran el castigo. Prometió y prometió no volver a portarse mal, pero fue inútil, sus padres se enfadaron aún mas con él, le despreciaron. El castigo era merecido y debía cumplirlo.

Llegó la hora temida. Estaba en la cola para entrar. Había muchos niños, la mayoría habían ido al circo muchas veces. Julián los miraba y le extrañaba verlos tan tranquilos, casi parecían felices.

Deben ser niños muy malos y por eso se portan así– balbuceó.

Julián los miraba con desprecio, se prometió a si mismo no volver a portarse mal, jamás le volverían a castigar. Él era bueno, no como los que había allí.

Empezó a entrar la gente. Julián caminaba despacio. Los adultos no podían entrar así que le dejaron solo. Julián con la cabeza baja entré en el circo. Un hombre le indicó su asiento.

Quería sentir indiferencia. No conseguirían hacerle reír, él no era de esos. Él era serio, quería estar en la biblioteca estudiando, aprendiendo la doctrina verdadera, la que haría a los hombres poderosos, la que enseñaba que él era solo una pieza de la maquinaria.

Su destino era decidido por la cúpula del Estado compuesta de hombres sabios que buscaban la perfección. Él quería ayudar a la creación de un mundo perfecto. En el que estaba ahora no seguía las órdenes exactas, debía ser eliminado.




De pronto, se iluminó la pista y un hombre vestido de una forma ridícula con unos enormes zapatos dio la bienvenida al público. Los niños empezaron a reír. Aquel hombre no paraba de hacer y decir tonterías. Anunció la actuación siguiente era el domador de fieras.

Había una gran jaula en el centro de la pista, se abrió la trampilla y salió un enorme león. Detrás salieron dos tigres y una leona. El domador estaba dentro de la jaula dando órdenes a los leones para que se colocaran en su sitio.

Julián miraba tímidamente, quería comportarse como si despreciara el espectáculo. Los leones daban miedo. Los otros niños contenían la emoción y dejaban escapar gritos cuando el domador se arriesgaba. Terminó la actuación y todos se relajaron.

Oyó aplausos y se extrañó ¡Cómo podían aplaudir aquel espectáculo tan primitivo! El siguiente número era el de los trapecistas. Saltos, piruetas… Julián miraba y sin darse cuenta empezó a sentirse contento. Olvidado de su rigidez y contagiado por los otros chicos, las luces, la música, los artistas, etc. Julián contemplaba con admiración el espectáculo y por primera vez en su vida se sintió emocionado.

Unas emociones desconocidas le invadían, pero en su cabeza esto no estaba bien. Se enfadó consigo mismo cuando soltó una carcajada durante la actuación de los payasos.

¡Que vergüenza!– sintió por no haber resistido con dureza ese instinto malsano. Estaba dividido, por una parte le gustaba el circo y, por otra, sabía que no debía gustarle.

Continuará…

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