Rob, Keepy y la Casa 33 no solo es el primer libro que he terminado. Habla de la importancia de los amigos, del trabajo en equipo para lograr algo. De jóvenes inquietos, que con pocas palabras se entienden.

También es un relato dedicado a los desaparecidos sin dejar rastro, y a los que se afanan en buscarles. Familiares, agentes de seguridad, voluntarios y, otra vez, amigos.

Entre estas líneas, con sucesos algo oscuros, hay mucha aventura. La aventura de Rob, quien, emulando a su padre y junto a su hermana Ana y sus amigos Marco, Isabel, Jimena, e Izan, se propone construir un robot a partir del armario donde desde pequeño guardaba sus juguetes. Hasta que desaparece una tarde.

Es en ese momento cuando empieza una doble aventura. La de sus amigos por encontrarle, y la del propio Rob, dentro de la siniestra Casa 33 liderada por una estricta directora y su marido, un delirante y peligroso científico que no duda en hacer experimentos con las mentes de los quince niños secuestrados. Ahí trabará amistad con Erika, Santi y Pedro, otros de los jóvenes cautivos, junto a los que hará lo imposible por escapar y liberar al resto de secuestrados. Si todo en la casa es oscuro y siniestro, lo que más aterra a Rob es el haber descubierto en esa casa un terrible secreto familiar… ¿Será su padre cómplice de todas las locuras del doctor?

El uso del ingenio y sus habilidades son las únicas armas de Rob, Santi, Erika y Pedro para hacer frente a la maraña de experimentos psi del doctor y la crueldad de la directora y los tres guardianes.

La esperanza, y la tecnología, son las armas de Ana, Marco, Isabel, Izan y Jimena para encontrar a su amigo y líder.

Una aventura que les cambiará a todos para siempre. Que les unirá para siempre.




 

Dedico este relato:

A mi familia (incluido, cómo no, Iñigo e Inés, los últimos en llegar en las fases de escritura y revisión de la historia);

A mis amigos del equipo y colegio Rosales; a los infatigables viajeros de los 5, Juanlu, Chema, Millán y Quique; a los guerreros de Tora no Bushi; a los compañeros de armas en el SAMA y a mis antiguos compañeros del gimnasio Argüelles, con quienes de verdad me inicié en la larga senda de las artes marciales;

A todos los compañeros de faena (y amigos) que habéis pasado por Impala y tantos otros proyectos, por sus sugerencias varias. A Kike, por la eterna paciencia (y las lecturas dadas, así como los consejos y correcciones de estilo) durante la escritura, y por permitirme leer sus manuscritos.

Todos y cada uno por igual. Si me pongo a nombraros uno a uno, aparte de que seguramente cometería el imperdonable e inintencionado olvido de alguno, la lista sería muy larga.

Por supuesto, incluyo en esta dedicatoria a la gente del ya extinto FnacCafé (Callao), tanto el personal, especialmente Antonio y Nieves, como parroquianos, por el buen trato, la inspiración, la ayuda y el ambiente tan cultural que supieron mantener mientras se pudo.

Otro «Café Gijón» caído… que espero resurja en algún lugar de Madrid.

Un especial agradecimiento y recuerdo a los desaparecidos de todas las edades. A sus familias. A las Fuerzas de Seguridad, voluntarios y resto de personal que tanto hacen por intentar encontrarles.

Por último, a ti, estimado lector, por leer y espero que disfrutar estas páginas.

Prólogo

Escribiendo este libro vi un reportaje del buen programa Equipo de Investigación sobre niños desaparecidos. Un tremendo drama que, pese a los increíbles avances en tantos campos, parece no tener fin por tantas causas criminales, aborrecibles e inhumanas que por desgracia siempre estarán un paso por delante de la ley.

Días después, marcado por los casos de ese reportaje, alguno de los cuales tenía en la memoria desde antes, me planteé si seguir adelante o no, por lo sensible del tema. Dos fueron mis razones para continuar. Primero, dedicar este relato, entre otras dedicatorias, a los que sufren el drama y a los que ponen tantos medios y tiempo a buscarlos parauna solución y paz a las familias, aunque no siempre sea feliz.

La segunda es más personal. Esta historia son en realidad dos tramas muy diferentes que llevan mucho tiempo rondándome y, por mucho que las encierre en el último cajón o las archive en lo más recóndito del disco duro del ordenador siempre acaban saliendo.

Confío en que tanto esfuerzo haya merecido la pena y que, como he dicho antes, disfrutéis leyendo este relato, salpicado de referencias a algunas de las películas (Cortocircuito, En Busca de Bobby Fischer, y otras que no menciono en estas páginas como Los Goonies, Karate Kid o La Pandilla Cocodrilo) y libros, (Dos Años de Vacaciones, Los Cinco, Los Lokthrans, etc.) que de alguna manera me han influido.

Y si además provoca una reflexión sobre estas desapariciones, objetivo doblemente cumplido.

Gracias.

1 Ruidos en la noche/Un viaje… y una sorpresa

El verano estaba terminando, y los días empezaban a acortarse. Aun así, el calor seguía haciendo difícil dormir, a pesar de que las clases habían empezado, y la rutina habitual traía consigo el cansancio al anochecer. Al menos así se sentía Roberto, y eso que no solía tener problemas para conciliar el sueño.

Como todo chico de catorce años, su cuarto estaba bastante desordenado, pese a los continuos intentos de su madre, Catalina, (galerista de profesión, aficionada a la jardinería y, a la vez, meticulosa contable familiar), para que no pareciera una jungla. Todo era un perfecto caos, salvo un pequeño armario en el que guardaba herramientas, tornillos y cables. Desde que tenía uso de razón había estado en su cuarto, guardando sus primeros juguetes, por lo que tenía especial aprecio a ese mueble.

Como solía decir el propio Rob, como todos le llamaban, era su cuarto, su orden, su espacio. Le molestaba mucho que hurgaran dentro, sobre todo si no estaba él. O que le interrumpieran cuando estaba muy concentrado en algo. Desde hacía un par de años, de la puerta de su habitación, siguiendo la moda americana, colgaba un cartel que rezaba “Techno Lab: Acceso Restringido”. Ni siquiera Ana, su hermana, (un año menor que él), tenía permiso para entrar cuando quisiera.

Los dos se llevaban bastante bien, con la típica pelea entre hermanos de vez en cuando, pero, de puertas a fuera, se protegían mutuamente. Incluso en casa solían cubrirse las espaldas. Pero su cuarto era su santuario, y más ahora, en plena adolescencia.

Obviamente su madre, y Elena, la asistenta de treinta y seis años que iba tres días a la semana a hacer las tareas domésticas y a cocinar siempre que su madre no pudiera, hacían caso omiso del cartel. Pero para Rob era justificante de que no quería a nadie ahí. Afortunadamente, gracias a que Elena llevaba muchos años con ellos, les conocía muy bien y les tenía bastante aprecio, por lo que arreglaba sus respectivos cuartos procurando respetar bastante su orden.

El aparente desorden se debía a la principal afición de Rob, armar y desarmar sus coches teledirigidos o construir maquetas con lo que fuera. Juegos de construcciones como Lego, juegos electrónicos, etc. Una afición que le venía de su padre, Juan, un ingeniero que, en su tiempo libre, se encerraba en el sótano de su casa para desarrollar sus inventos. A Rob le encantaba acompañarle, cosa que le dejaban hacer siempre que terminara a tiempo los deberes.

Ayudar a su padre le hizo desarrollar una alta capacidad de observación. Desde pequeño era muy curioso, y forjó una memoria increíblemente buena para detalles, rostros, o datos (sobre todo científicos o técnicos). Algo que le venía muy bien para su otra afición, la fotografía. Esta faceta, igualmente creativa y técnica, le venía en parte por su madre y en parte por su tío Lucas, naturalista “freelance”, a quien acompañaba durante una parte de sus vacaciones escolares, siempre que no fueran viajes demasiado largos o arriesgados.

Pese a que no tenía mucho tiempo para la fotografía, con el tiempo fue adquiriendo bastante sensibilidad y ello le iba haciendo mejorar en la técnica. De hecho, tenía enmarcada en su cuarto una fotografía con la que había ganado hace un año la categoría infantil del concurso organizado por la prestigiosa revista Wildlife Magazine. Se trataba de una lagartija posando al sol, con el cuello y las extremidades estiradas, mirando alerta hacia la cámara (1).

La había hecho en una excursión junto a Lucas, con la cámara y el teleobjetivo que éste le había regalado, juntando sus regalos de Navidad y de su cumpleaños. Las horas de paciencia que pasaba en esas excursiones dieron su fruto, no solo con esa imagen sino con otras tantas de las que estaba igual de orgulloso y que formaban parte de la colección de álbumes que sus padres tenían en el salón.

Era noche cerrada cuando Rob se incorporó en su cama, sediento. Descorriendo la manta que pendía sujeta a la litera de arriba, formando una tienda de campaña, Rob miró a su alrededor y luego a la mesilla de noche junto a su cama. El vaso de agua estaba vacío.

Silencioso, se puso las zapatillas de estar por casa y miró a su alrededor. Ya no tenía miedo a la oscuridad, pero no dejaba de ser un automatismo heredado de esa época.

Sorteando todo tipo de piezas y un par de coches teledirigidos despiezados, a medio reconstruir, salió sigilosamente al pasillo. Casi de puntillas avanzó, pasando por el cuarto, cerrado, de su hermana Ana. Respiró aliviado al comprobar, pegando la oreja a la puerta unos instantes, que estaba dormida ya que no oía ruido alguno. Él sabía que no diría nada si le veía despierto, pero, pese a no estar haciendo ninguna travesura, sin saber por qué prefirió no ser visto.

A pesar de sus zapatillas y un pijama de los que cubrían todo el cuerpo, sintió frío. Tuvo tentación de volverse a la cama, pero la sed y una extraña sensación que le impulsó a seguir la planta inferior, donde estaba la cocina. Imaginó que esa sensación era la que debían sentir los aventureros al adentrarse en tierras desconocidas de los libros que, especialmente cuando estaba enfermo, devoraba. Ante la puerta del dormitorio de sus padres prefirió no pararse. Optó por pegarse a la pared de enfrente, tan solo ocupada por una estantería, hasta las escaleras, que bajó de escalón en escalón, aún atento a cada ruido.

Una vez en la planta inferior, aceleró sus pasos hasta llegar a la puerta del comedor, a través de la que se accedía a la cocina. Estaba a punto de abrirla cuando escuchó unos ruidos al fondo. ¡Provenían de las escaleras al garaje! O había entrado alguien a robar, o su padre estaba trabajando durante la noche. Deseando fervientemente que fuera lo segundo, se acercó cautelosamente, con los brazos en guardia. Aunque no le hacía ninguna gracia, para algo le tenían que servir los cuatro años de karate que llevaba a sus espaldas. No sabía de dónde le venía la afición por las artes marciales y lo oriental, ya que nadie en su entorno las practicaba, pero el caso es que desde bien pequeño sentía admiración por los que en el parque se ponían a entrenar diversas técnicas, así como por los cómics y películas de esta temática.

Por si acaso, antes de seguir, respiró hondo. Sin bajar los brazos, tecleó en la pantalla de su móvil, que le hacía las veces de linterna, «091», con el pulgar presto para llamar a la policía en caso de que el ruido que salía del garaje fuera provocado por ladrones y bajó las escaleras. Antes de abrir la puerta pegó la oreja a la misma.

No eran ruidos bruscos, como de alguien que rebusca para llevarse objetos de valor, sino más bien leves martillazos, el zumbido de una soldadura o el golpe seco de una guillotina cortando plásticos. Por ello estaba casi seguro de que se trataba de su padre. Aun así, estuvo un rato parado, alerta, hasta que escuchó maldecir a Juan. En ese momento, suspiró aliviado y, sonriendo, se guardó el móvil antes de entrar.

Ambos podían pasarse largas horas reparando pequeños electrodomésticos o inventando gadgets en un cuarto anexo al garaje.

Sin embargo, Rob llevaba tiempo sin entrar ahí. Entre el campamento urbano, al que había acudido durante casi tres semanas ese verano que ya estaba terminando junto a su hermana y amigos del colegio, y ahora los entrenamientos preparatorios para los torneos regionales de kárate, llevaba un par de meses sin trabajar intensamente con su padre. Pero sí sabía que estaba fabricando un chip que podría hacer moverse, incluso teledirigidamente, objetos inanimados. Pensó que aquella noche sería buen momento para que por fin su padre le explicara, aunque fuera por encima, en qué consistía.

Su padre estaba reparando el pequeño robot doméstico que hacía las veces de aspiradora, climatizador y asistente virtual. Era el último modelo que había sacado la empresa de Juan, pero aún se encontraba en fase beta por lo que daba ciertos problemas.

Rob lo miró con curiosidad, pero se fijó más aún en una pequeña pieza electrónica, medio incorporada a una carcasa de plástico, que su padre había dejado de lado. Éste sonrió al verle entrar.

-Ah, hola, Rob. – Dijo su padre, tras reponerse del pequeño susto por la inesperada visita de su hijo. – ¿Tampoco puedes dormir?

-Buenas noches, papá. Tenía sed y, al bajar, he oído ruidos aquí. – Dijo Rob. -¿Y esa pieza? ¿Un nuevo invento?

– Más bien “era” un invento nuevo. Nos está dando muchos problemas en la empresa y creo que lo vamos a descartar. – dijo, recalcando el “era” con un marcado deje de frustración. -Un fracasado intento de “cerebro artificial de nueva generación”.

Rob entendió al momento que se trataba de lo que llevaba preocupando a su padre durante los últimos meses. Era la primera vez que Juan no le hablaba abiertamente de un invento, y eso le extrañó mucho.

A pesar de las crecientes ganas que tenía, Rob optó por no preguntarle. Por alguna razón, no le pareció oportuno.

 

– ¿Crees que lo arreglarás? -Preguntó Rob, refiriéndose al pequeño robot doméstico, para cambiar de tema. -Me encantará ayudarte a tu vuelta, ya que estaré más

-Sí, claro. – Respondió su padre, secándose el sudor de la frente. – Siempre se agradece tener un buen ayudante. Aunque me temo que tendrás que esperar cinco semanas. Entre lo que nos quieren enseñar del LHC2 en Ginebra y las demás ponencias, va a ser un congreso de batas blancas muy largo. -Contestó Juan.

-Qué envidia! – Exclamó Rob. – Ojalá pudiera ir

-Ya te contaré, -contestó sonriendo Juan, al tiempo que le revolvía el pelo, – y te traeré todo tipo de información de primera mano.

-Genial. Me encantará leer todo lo nuevo que se esté haciendo.- Contestó Rob, resignado y a la vez cansado. – Prometo ayudarte también con el nuevo chip prodigioso (3).

 

Juan sonrió a medias, notando que Rob estaba muy ansioso por trabajar otra vez con él.

Rob se quedó buena parte de la noche  con Juan, viendo lo que hacía, pero pensando mentalmente que aprovecharía esas cinco semanas para indagar un poco más sobre esa pieza tan enigmática. Si la dejaba tan a la vista, muy peligrosa no podía ser.

 

-Ahora a dormir los dos, que nos la cargamos con tu madre si ve que hemos estado toda la noche aquí. -Dijo Juan, al cabo de un largo rato.- Además, mañana me esperan unas cuantas horas de viaje.

 

Rob ayudó a recoger a su padre. Minutos después, los dos subieron en silencio a sus respectivos cuartos. Una vez dentro de su cama, a Rob no le fue fácil conciliar el sueño, por mucho que lo intentó. ¿Qué sería esa misteriosa pieza? Confiaba que su padre no se la llevara en su viaje, y que en el taller hubiera planos o instrucciones que le ayudaran a descifrar su secreto. Si era lo que imaginaba, sería un filón. Podría dar vida a su armario.

Podía probarla con otros juguetes, incluso los Mecano hechos por él mismo, pero el armario era especial para Rob. Desde hace tiempo se lo imaginaba como su propia unidad R2D2, y ahora vislumbraba la posibilidad de hacerlo real. Al no estar el armario totalmente empotrado en la pared, no le sería muy difícil utilizarlo. Otra cosa es lo que dijera su madre, pero ya pensaría como ganársela.

Rob tomó la determinación, (si estaba en lo cierto), de no esperar a la vuelta de su padre y hacer pruebas sobre uno de los prototipos anteriores del chip. Quería darle una sorpresa a su vuelta, y demostrarle que ya había asimilado suficientes conocimientos de electrónica.

A la mañana siguiente, Rob se levantó entusiasmado. Como cada sábado, tenía muchas ganas de entrenar y quedar con sus amigos en el parque, ya fuera para jugar al fútbol o simplemente tomar algo en la terraza que había enfrente. De un salto, salió de la cama y lo primero que hizo fue la rutina de ejercicios que su maestro de karate les recomendó. Estiramientos para ganar flexibilidad, veinte abdominales y veinte flexiones de brazos.

Pero después de los ejercicios, al levantarse del suelo y ver su armario, cambió de idea. Quería empezar cuanto antes a revisar los planos de su padre y ver cómo podía avanzar en el invento por su cuenta. Además, cayó en la cuenta que ese era el día perfecto: su padre se iba de viaje y su madre pasaría el día fuera con unas amigas. Rob podría aprovechar para trastear con una de las versiones anteriores de la pieza que vio en el taller la noche anterior.

Sabiendo que su madre le dejaría quedarse en casa sin indagar mucho en los síntomas que pudiera tener, (catarro, fiebre o dolor de estómago), volvió a meterse en la cama y, conectando el móvil, mandó un mensaje al grupo de WhatsApp que tenía con sus amigos:

<<Chicos, hoy no podré quedar con vosotros>>.

Catalina, su madre, algo preocupada al no verle durante el desayuno, subió las escaleras y llamó a la puerta de su cuarto antes de entrar. Al oír a su madre, Rob silenció el móvil por si le llamaban y lo dejó bocabajo, bajo la sábana, rápidamente. No quería que su madre le viera trasteando y sospechara que en realidad estaba fingiendo.

 

-Rob, hijo, ¿te encuentras bien?, -dijo antes de abrir. – Creía que hoy habías quedado con tus amigos.

-Al final no voy a ir, mamá, -le contestó, tapándose bien y tratando de poner mala cara.

-No me encuentro muy bien. Pero puedes irte con tus amigas, ya me preparo algo de comer.

-Bueno, hoy te puedes quedar. – Concedió su madre, arropándole del todo. – Mañana si no te encuentras bien ya veré que te doy. Le diré a tu hermana que no te moleste mucho.

-Rob, mejórate que estos días te toca ser el hombre de la casa. -Dijo su padre, asomándose por la puerta del cuarto de Rob.

-Buen viaje, papá.- Le contestó desde la cama. A pesar del esfuerzo de Juan por sonreír, a Rob no se le escapó el deje de preocupación que volvía a estar presente en su mirada.

 

Al ser fin de semana, a su madre no le preocupó mucho que Rob se quedara en casa. Es más, pensó que simplemente necesitaba algo de descanso por la excesiva actividad que tenía habitualmente.

Juan, guiñándole un ojo sin que Catalina se percatara, dejó las maletas en la puerta y se acercó a darle un abrazo. Luego Catalina dio un beso en la frente a su hijo y ella y Juan salieron de la habitación, cerrando la puerta.

Rob respiró tranquilo, sonriente pero muy quieto. Ni siquiera se atrevió a desarroparse para mirar el móvil, intuyendo acertadamente que, cinco escasos minutos después, volvería a aparecer su madre, esta vez con el desayuno, consistente en una taza de cacao con leche caliente y unas cuantas galletas.

 

– Algún día te tiro todo esto como no lo ordenes. -Dijo Catalina, mientras avanzaba con cuidado entre tanto objeto por el suelo.

-Está bien así… ¡Es mi cuarto! -protestó, inútilmente, Rob.

-Ya hablaremos… Tómatelo antes de que se enfríe. -Dijo, dejando la bandeja sobre la cama de Rob. -Y no estés fuera de la cama sin la bata ni las zapatillas. Hoy no ensuciéis mucho. No le diré a Elena que os traiga comida porque hay restos de anoche en la nevera. Calentadlos en el microondas dos minutos y luego dadle un agua a los platos y cubiertos.

-Sí, mamá, puedes estar tranquila, que no va a arder la casa. -Dijo, con voz fingidamente cansada, Rob. – Tampoco vas a tener que llamar a los GEO ni al CSI.

-Muy gracioso… -Dijo desde la puerta Catalina, antes de salir.

 

Rob empezó a desayunar, con el móvil en la mano para ver las respuestas de sus amigos, sin atreverse todavía a salir de la cama. Todos estaban expectantes, apremiándole para que lo contara todo.

<<Tranquilos, ya os diré en cuanto pueda>>, fue todo lo que contestó Rob.

Devoró el desayuno en cuestión de minutos y, al oír el motor del coche atravesando la entrada a la casa, salió como un resorte de la habitación, bajando raudo las escaleras. Tan rápido iba que casi se choca con su hermana a la mitad.

 

-A mí no me engañas, -dijo burlonamente Ana. -Con las ganas que tenías de salir todo el día con tus amigos y de repente estás malo.

-Está bien, no lo estoy -confesó Rob rápidamente, para no perder tiempo. Si me guardas el secreto, te dejo mirar.

-¡Hecho! -contestó su hermana.

 

Aunque a Ana le motivaba más el dibujo y el diseño, profesaba admiración por los trabajos de su hermano y su padre, a los que de vez en cuando ayudaba hasta que se cansaba. Lo que solía suceder pronto.

Rob, seguido de una expectante Ana, se dirigió al taller. Cogió la carpeta que en seguida encontró con los planos del nuevo invento y la versión beta del prototipo que por suerte aún seguía en un lado de la mesa central del taller, donde Rob lo vio la noche anterior. Esta versión anterior estaba guardada en el contenedor de plástico en el que solían depositar las versiones beta o inacabadas de todo lo que fabricaban. Acto seguido corrió a la pequeña impresora multifunción que tenían en la mesa de trabajo, en un rincón del salón. Ana, sabiendo que su hermano no tardaría en explicarle de qué iba todo, le siguió sin preguntar nada.

Entusiasmado y a la vez nervioso, fue haciendo fotocopias de todo. Hasta que vio dos extraños recortes de prensa, con varias notas manuscritas con rapidez y apenas legibles, unidos por un clip. Uno de los recortes, con varios datos señalados con interrogantes, era sobre el fulminante despido del famoso neurocirujano, el doctor Yántez, debido a supuestos excéntricos y crueles experimentos en niños con enfermedades incurables que pretendía llevar a cabo. El otro narraba su misteriosa y polémica desaparición, con peregrinas teorías de toda índole. Las notas, lo poco que entendió Rob, fue lo que más le preocupó.

“Chip                          Yántez ….. ¿Desaparecidos?”.

Trató de prestar poca atención a esto para no preocupar, de momento, a su hermana. Terminadas las fotocopias del contenido de la carpeta, incluidos los dos artículos y la nota para volver más tarde sobre este asunto, volvieron a dejar la carpeta donde estaba y se encerraron en el cuarto de Rob. Éste hubiera preferido trabajar en el taller, pero desde ahí podían vigilar la entrada a la casa gracias al chivato mecánico que Rob, hace dos años, puso secretamente en la puerta de entrada para que se encendiera una luz en el lateral de su cama. Quería tomar precauciones por si volvía antes su madre o se acercaba Elena, en el caso de que finalmente Catalina la hubiera llamado, preocupada, para que se pasara a comprobar cómo estaba Rob.

 

-¿Me vas a contar qué es eso tan secreto?, -preguntó Ana, sin poderse contener más.

-Anoche estuve con papá en el taller, y me encontré esta pieza, .-empezó a explicarle Rob, señalándola.- Lo que pasa es que ni papá sabe cómo hacerlo funcionar, y cómo ahora se va de viaje cinco semanas, quiero darle una sorpresa e intentar avanzar lo suficiente para que a su vuelta no nos cueste mucho terminarlo.

– ¿Qué hace exactamente? ¿Y vas a poder hacerlo tú solo?, – preguntó Ana, atropelladamente, y con los ojos cada vez más

-Se supone, por lo primero que estoy viendo, que sirve para dar vida a objetos inanimados, -contestó Rob. – Y no sé si podré… Haré todo lo que pueda, pero ya se me está ocurriendo algo que puede ser increíble.

– ¿Qué se te está ocurriendo?, -Ana ya estaba muy emocionada, imaginando múltiples posibilidades.

 

Rob rebuscó por el suelo hasta encontrar su cuaderno de bocetos. Lo abrió, ante la atenta mirada de Ana, por una página en blanco y dibujó de forma rápida su armario, con unas antenas de distinto tamaño y cuatro ruedas. Al lado escribió «Keepy».

-Transformar mi armario en un robot, tipo R2D2, -le dijo, mientras subrayaba el nombre del robot,

-¡Keepy!, -exclamó entusiasmada Ana. -Me gusta el nombre… Keepy, de Keeper, el guardián.

– Sí, -afirmó Rob, – aunque de momento es solo un sueño.

– Yo te puedo ayudar con el diseño de fuera, -ofreció Ana, sin dudarlo.

 

El resto de la mañana lo pasaron ahí encerrados, Rob diseñando y revisando las fotocopias de los apuntes de su padre, apuntando lo que no entendía para buscarlo en Internet o preguntarlo en clase de Tecnología, mientras su hermana dibujaba varios motivos geométricos, espaciales y fantasiosos. Afortunadamente, nadie les molestó.

Así llegó la hora de comer. Habrían seguido allí metidos, si no fuera porque sus estómagos empezaron a rugir de hambre. Por otra parte, descansar un poco no les vendría mal, pensó Rob.

Entre los dos dieron buena cuenta del pollo con patatas asadas que sobró de la cena y, con algo de fruta, se sentaron delante de la televisión a ver una película. Comer viendo la televisión era algo que no les gustaba a sus padres. Las comidas de los fines de semana eran para juntarse en la mesa y hablar del día o la semana que cada uno hubiera tenido, sus planes y demás temas que unen a las familias. Por eso, ver una película comiendo, cada vez que se quedaban solos, era un ritual muy especial para ambos.

Terminada la película, a media tarde, fregaron los platos y volvieron al cuarto de Rob, enfrascándose de nuevo en su robot.

 

– Vamos a tener que trabajar mucho, – dijo Rob, -porque va a ser bastante difícil entre los dos.

– ¡Podemos llamar a nuestros amigos!,- exclamó, decidida, – Al menos seguro que Jimena e Izan me ayudan con la parte de fuera.

– ¡Claro!, -afirmó Rob, – fijo que a Marco le mola colaborar con nosotros, en la parte de informática. Puede que a Isabel también, con lo que le gusta la ciencia y los ordenadores.

 

Marco, Isabel, Jimena e Izan, al vivir cerca, conocían desde siempre a Rob, Ana y sus padres. Incluso iban al campamento de verano juntos, y sus familias acostumbraban a juntarse al menos un día en las vacaciones de Navidad y en sus cumpleaños.

Ana y Rob cogieron sus respectivos móviles y abrieron varias conversaciones con cada uno de sus amigos para contarles lo que se les había ocurrido. Inmediatamente, sin dudarlo y con mucho entusiasmo, los cuatro aceptaron. Entusiasmados, ellos y los amigos de Ana, les felicitaron, dándole su apoyo sin fisuras.

Rob creó el grupo «Construyendo a Keepy» en la aplicación de mensajería de su móvil, que utilizarían para comunicarse entre sí, acordar horarios para juntarse y compartir novedades cuando trabajaran por separado. La primera reunión sería al día siguiente, domingo. Keepy, prometió Rob, sería el robot de todos. Se lo irían turnando cada semana.

Rob dispuso que el taller sería su cuarto, por lo que él y Ana pasaron lo que quedaba de día ordenándolo. Separaron las partes de los juguetes despedazados que podrían servirles, guardándolas en la parte de abajo del futuro robot o debajo de la litera. El resto lo llevaron al contenedor del garaje que cada semana su padre llevaba al punto limpio para reciclar. Por último, Rob se aseguró de guardar bien, en el cajón principal de su mesa, todas las hojas referentes a Keepy, junto a la versión beta del chip, la pieza clave. En cuanto oyeron el chivato encenderse, Rob se volvió a acostar en la cama, para empezar a leer el libro Los Lokthrans (4), mientras Ana se apresuraba a encerrarse en su cuarto. El libro se lo regaló ese mes Juan, una costumbre que inició hace unos años con sus dos hijos.

 

– ¿Y esto?,- preguntó una sorprendida Catalina, al ver muy ordenado el cuarto de

-Muy mal no tienes que estar… ¡qué estarás tramando!

-Si lo sé no te doy esta sorpresa, – dijo Rob, asomándose por la sábana tras la que se ocultaba.

-Si me parece estupendo, hijo, pero te conozco demasiado bien, -respondió Catalina, siguiendo el juego, al tiempo que se acercaba a arropar y besar en la frente a su hijo.

– ¿Qué tal con tus amigas?, -preguntó Ana, que se había acercado al oír a

-Muy bien, hija, -contestó, frotándola cariñosamente el pelo, pese a las protestas cariñosas de Ana- Espero que no hayas molestado mucho a tu hermano.

 

Dicho esto, Catalina volvió a agacharse sobre Rob, recostado en la cama, para medirle la temperatura y acariciarle.

 

-No me ha molestado nada, mamá, -aseguró Rob.

– ¿Qué habéis hecho?, -preguntó

-No mucho, -dijo Ana, evitando mirar a su hermano para no delatarse. – Una parte de los deberes, leer, ver la tele… ¿Mañana puedo ir con mis amigas al parque? Vamos a hablar de la fiesta de cumpleaños de María.

-Ya veremos. -Dijo Catalina. – Tú Rob desde luego que te quedas en casa, aunque estés mejor.

-Está bien…, – cedió, falsamente, Rob.

-Por fi, mamá…, – insistió Ana, con las manos juntas.

-Según el tiempo que haga, y los deberes que te queden, -sentenció Catalina.

– ¡Te prometo que los hago todos por la mañana!, -exclamó, suplicante,

-Y tú, Rob, ¿cómo vas?, -preguntó Catalina.

-Bien, pero este año va a ser duro. Nos van a apretar más… -se lamentó Rob, – y además en kárate estamos a punto de empezar con los torneos.

-Ten cuidado con las competiciones…-dijo Catalina.

-Si no nos las tomamos más en serio que los entrenamientos, -replicó Rob, -además, al Maestro no le gusta que vayamos alardeando de victorias o que nos enfademos por cada derrota.

-Eso está muy bien, -dijo Catalina. – Y ahora, Ana, a ducharte que hay que cenar. A ti, Rob, te subo la cena.

– ¡Qué morro!, -protestó

-No te quejes que contigo hago lo mismo cuando estas mal, – dijo Catalina.

– Te aguantas, enana, -dijo Rob, chinchándola, para seguirle el juego.

 

Las dos se marcharon, dejando a solas a Rob. Éste se quedó contemplando unos instantes a su armario de herramientas, al que a partir de ese momento veía como su androide, Keepy, antes de volver a enfrascarse en las aventuras de Los Lokthrans a la espera de su turno para ducharse.

Al día siguiente, domingo, Rob le pidió a su madre permiso para invitar a sus dos compañeros de clase, Marco e Isabel, con la excusa de un trabajo para clase. Para evitar preguntas, no quisieron de momento trabajar todos a la vez, con Ana, Izan y Jimena, aunque sí les dirían los avances por el grupo de mensajería del móvil o el disco duro virtual que crearon en la Red para compartir archivos. Los tres irían preparando los diseños a partir de las medidas aproximadas de lo que sería el robot, a falta de las piezas como ruedas, cubierta y demás que hubiera que añadir a la estructura ya existente.

Apenas salió Rob de su cuarto, salvo para desayunar y comer. Aunque Catalina insistía en que ella o Elena podían llevarle la comida a su cama, se empeñó en bajar al comedor. Ni quería darles más trabajo, ni estar mucho más tiempo recostado.

Ana sí que pudo salir por la tarde con sus compañeros de clase. Al ser una zona residencial y donde no había problemas, siempre que llevara las llaves y el móvil bien cargado, solían darles permiso para ir al parque, comprar golosinas o cómics.

A Rob se le hizo eterna la mañana. Terminó justo para la hora de comer los deberes mientras, disimuladamente, completaba algún dibujo y cálculos para Keepy.

 

– ¡Rob, hijo! -llamó Catalina desde la puerta de entrada, con las bolsas de la compra.- Te he traído algo de merienda para que toméis algo esta tarde. ¡Elena tiene la comida lista en quince minutos!

¡Gracias, mamá!, -contestó desde arriba Rob. -En seguida

Catalina le dejó la compra a Elena en la cocina y luego se dirigió al cuarto de Rob.

– ¿Cómo estás?,- preguntó Catalina, subiendo la

-Bien, -dijo Rob, saliendo a su encuentro. – Acabo de terminar los deberes. Justo iba a lavarme las manos y bajar a ver un rato la tele.

– Antes quiero ver qué marca esto, – le contestó Catalina, dándole un termómetro. – No te muevas mucho. En cuanto pite el chisme, me lo

Rob, resignado aun sabiendo la inutilidad de la prueba, se lo colocó bajo el brazo y volvió a su cuarto, sentándose al borde de la cama pacientemente.

– ¿A qué hora vienen tus amigos?, -preguntó Catalina, ya sentados a la mesa, más tranquila al comprobar que efectivamente no tenía fiebre. – Lo digo por subiros la merienda que os he

-A las cinco, cinco y media, -contestó Rob.

– ¿Me puedo llevar algo de merendar yo?, -preguntó Ana, -para incordiar en broma a su

-Ya estás queriendo todo, -protestó burlonamente Rob.

-¡No empecéis! ¡Vaya par! -Suspiró Catalina, tratando de poner paz. -Sí, te he comprado algo para ti, que te estás quedando en los huesos.

-Canija, -aprovechó Rob para redoblar la burla a su hermana.

-Rob, como no pares, no vienen tus amigos, -zanjó Catalina. – Estaré en la terraza o en el salón, no os molestaré, pero no hagáis mucho ruido.

-No, mamá… Seremos silenciosos como estatuas -dijo, resignado, Rob, al tiempo que Ana, y Elena, desde la cocina, soltaban una carcajada.

-Sí, reírle las gracias a Rob, lo que le faltaba, -dijo Catalina, mirando a las dos con una medio sonrisa antes de amagar una colleja a Rob. – Muy mal no debes estar. Te voy a dar, por graciosillo.

-Fiebre no tengo, pero si estoy destemplado, -dijo Rob enseguida.

 

Rob intentó dormir algo de siesta, pero, a los diez minutos, incapaz de conciliar el sueño o leer, volvió a abrir la carpeta con los planos fotocopiados. Al ver nuevamente la nota manuscrita de Juan, Rob se quedó mirándola unos segundos antes de guardarla aparte.

<< ¿Que tendrá que ver este siniestro doctor con el chip? ¿Y con los desaparecidos?>>,

-pensó Rob antes de volver a los planos.

 

Ahí se dio cuenta, afortunadamente, pensó para sí, que debía separar los artículos y la nota. Antes de compartir sus sospechas acerca de la posible relación entre este poco esclarecido asunto del doctor Yántez y la casi continua preocupación de su padre los últimos meses, quería seguir indagando por su cuenta en Internet. Le dio el tiempo justo de leer los dos artículos y guardarlos, junto a la nota, en el doble fondo disimulado de uno de los cajones de su mesa antes de bajar a saludar a Marco e Isabel, quienes llegaron a la vez.

Apenas terminó de saludarles Catalina, los tres subieron veloces al cuarto de Rob. Éste subió la manta que pendía desde la litera de arriba, dejando al descubierto su cama para que se sentaran ahí. Mientras Marco e Isabel se acomodaron, expectantes, Rob sacó los planos y los fue sacando de uno en uno, para enseñárselos al tiempo que les explicaba cómo creía que podría funcionar el, por ahora, malogrado invento de su padre.

 

-Este es el proyecto, -dijo Rob, ante sus asombrados amigos, sin palabras, pero cuyos rostros denotaban mucha ilusión ante la explicación que les acababa de dar.

 

Eran conscientes de las muchas horas a la semana que cada uno tendría que dedicarle al proyecto, pero, aun sin garantías de que triunfara, nadie se echó para atrás. Lo bueno es que, al estar todos en segundo de ESO, tenían un horario similar. Contando con las actividades extraescolares, salían a las cinco por lo que perfectamente podían dedicarle, una vez terminados los deberes, dos o tres horas cada tarde.

Esa primera tarde de trabajo, o más bien para organizarlo, se les pasó rápido. Hablaron mucho sobre las posibilidades que su robot les ofrecía. Desde guardar y transportar cosas autónomamente hasta poder servirles de mascota, por ejemplo, en los partidos de fútbol de la liga municipal o en los torneos oficiales de Karate y Ajedrez. En esta primera reunión, gracias al grupo de su chat virtual, también participaron Ana, Jimena e Izan, a pesar de estar preparando la celebración del cumpleaños de una de sus compañeras de clase. De pronto, los seis sintieron como si formaran un club secreto, con el cuarto de Rob como su cuartel general. Entre ideas y planos se les pasó muy rápida la tarde.

Como todos los domingos, Rob, Ana, y Catalina se juntaron en el salón tras la cena para ver una película. Cada semana elegía uno, salvo que hubiera una serie que les gustara a todos, en cuyo caso se ponían uno o dos capítulos. El resto de las series, aquellas que fueran juveniles, sus padres les daban permiso para verlas durante hora y media como mucho antes de cenar. En esta ocasión era el turno de Juan para elegir, pero, al estar éste de viaje, su madre dejó que se pusieran Rob y Ana de acuerdo. Rob, haciendo un guiño al robot sobre el que habían empezado a trabajar, propuso ver Cortocircuito (5). Ana aceptó en seguida.

2 Es un trabajo duro

El lunes, extrañamente, pasó a ser su día favorito de la semana. Todo empezó a última hora, en clase de Informática. Ahí aprendían algo de programación muy básica, el uso de programas de cálculo, así como los mecanismos para construir sencillas pero efectivas páginas web, cómo usar los distintos servidores de correo electrónico o almacenamiento en la nube y nociones de seguridad en Internet. A esas edades poco más hacían, y los exámenes y trabajos no eran muy exigentes.

Pero Marco sí lo era. De hecho, era muy exigente consigo mismo en todas las asignaturas. Con la confianza que tenía con Guillermo, el profesor de Informática y Matemáticas, nada más entrar a clase le habló del robot que tenían pensado construir.

 

-Me parece muy buena idea, -le respondió, tras guardar unos instantes, una vez acabó de contarle la idea. – Ahora, cuando empecemos a trabajar, os venís los tres y hablamos.

– Chicos, – dijo a continuación, dirigiéndose al resto de la clase, – id encendiendo los ordenadores en vuestra sesión y seguid con el proyecto de la semana pasada. No os quedan muchos días para entregarlo, así que no perdáis mucho el tiempo. Ni arméis follón, que ya nos conocemos. Cualquier duda, mientras no sea existencial, o sobre gamusinos, preguntadme. ¡A teclear se ha dicho

 Por su simpatía y forma de dirigirse a los alumnos, Guillermo era de los profesores más queridos del colegio. Mientras corregía y explicaba, hablaba del campo, de animales; les daba muchas facilidades para recuperar suspensos y sabía cuánto debía exigir a cada uno. Así, aunque no lo pareciera, aprendían rápido. Tanto, que otros profesores, (sobre todo los más jóvenes), empezaron a imitarle.

En cuanto cada uno estuvo en su sitio, Guillermo llamó a Rob, Isabel y Marco, que se acercaron raudos y veloces como si les fuese en ello la vida.

 

-A ver, contadme más en detalle. -Les dijo. – Y tranquilos, que parece que tenéis Red Bull en vez de sangre.

Rob sacó de la carpeta los últimos planos del armario robótico y los tendió sobre la mesa. Guillermo los miró con atención durante unos minutos. Los tres se intercambiaron una mirada, mitad ansiosos, mitad entusiasmados.

 

– Ahora resulta que vamos a tener a unos genios en este colegio, -sentenció Guillermo, levantando la vista al cabo de unos minutos. – Es muy interesante. Teniendo la pieza que decís tener, si funciona, sería un reto. Me parece una gran sorpresa para tu padre, Rob, en la que estoy dispuesto a ayudaros.

-Muchas gracias. – Dijo Rob, fuera de sí.

-Yo os puedo ayudar en la programación. – Confirmó Guillermo, adoptando cierta complicidad con ellos. -Pero el resto… No sé si Ramón os puede guiar en el taller a la hora de ensamblar circuitos eléctricos, placas, la carcasa y las ruedas.

-Eso estaba pensando. -Soltó Isabel. -Mañana en clase de tecnología se lo iba a preguntar.

– Hablaré con él, os lo – Aseguró Guillermo, desde ya bastante entusiasmado con la idea.

 

El resto de la clase, mientras los demás trabajaban y de vez en cuando se giraban a mirarlos, con curiosidad o para preguntar dudas, Guillermo les estuvo dando información sobre qué libros o sitios de Internet consultar, además de pistas de por dónde debería ir Marco para su misión.

Cuando sonó el timbre, mientras el resto de los alumnos cerraban sus sesiones de trabajo y corriendo abandonaban el aula, ellos se resistían.

 

-Vamos, chicos, -les apuró Guillermo, -que yo también tengo vida. Ya os ayudaré cuando pueda.

– ¡Sí! -Gritaron los tres a la vez. – Estaban tan contentos como si les hubieran dado dos años de vacaciones en una paradisiaca.

 

Ahora mismo, sentían que nada les podía parar. Con estos dos profesores, y el tiempo de sus clases, podrían avanzar mucho. También tendrían los miércoles libres, ya que ese día, a última hora, tenían clases de refuerzo en distintas materias para quienes las necesitaran, o estudio libre para el resto, lo que era el caso de los tres.

Por su parte, Ana, Izan y Jimena lograron que Ramón, el profesor de Tecnología, quien no tardó en conocer el proyecto, les dejara algunos materiales y trabajo tanto en sus clases como en las horas libres que les tocaban de estudio, para trabajar en el diseño.

Efectivamente, a cambio de hacer una extensa memoria del proyecto que todos debían explicar su parte, les dejaron que la construcción de Keepy sustituyera a los exámenes finales tanto en Informática como en Tecnología. La intención era ver cómo se iban desenvolviendo ante semejante reto.

 

<<Chicos, si podéis, al terminar clases, quedamos en la entrada tres minutos>>, – escribió Rob en el grupo “Construyendo a Keepy”. En menos de media hora, el resto dio su ok.

 

-Si os parece, -empezó Rob, entre la marabunta de alumnos y profesores saliendo del colegio, -quedamos en el parque cada tarde, cuando estemos libres, para contarnos las novedades o ideas que tengamos.

-O hacemos una videollamada, -apuntó Isabel.

-Cuando no podamos quedar, -concedió Rob, poniendo su mano en el centro del círculo.

-¡Por Keepy!, -clamaron los seis, con las manos juntas, antes de ir cada uno a sus respectivas actividades extraescolares.

 

Era casi en lo único que Rob, Marco e Isabel no coincidían. Rob, en el polideportivo municipal, muy cerca del colegio, tenía entrenamiento de Kárate. A sus catorce años ya iba por el cinto verde, con varias katas y técnicas de combate aprendidas hasta tal punto que podía hacerlas con mucha agilidad con los ojos cerrados.

Marco, que no era muy alto, pero físicamente tenía cierta envergadura y mucha potencia en las piernas, además de ser puro nervio, era el capitán del equipo de fútbol de su curso. Varias tardes a la semana, el colegio les dejaba usar una mitad del campo de cemento, donde se hacían muchas de las pruebas de Educación Física, para entrenar a cambio de que el equipo les representara en la liga municipal, como club deportivo. También se apuntaron Izan, alto, flaco y veloz, e Isabel, de mediana estatura y con rápidos reflejos, ya que a esa edad los equipos podían ser mixtos.

Jimena y Ana, por su parte, las dos algo más altas que la media de su edad, y con el pelo largo habitualmente recogido en una coleta, (al contrario que Isabel, que solo se lo recogía para jugar al fútbol), jugaban en el equipo de baloncesto, entrenando en la otra mitad del campo de cemento.

Bien entrada la tarde, poco antes de la hora de cenar, el grupo se conectó por videollamada tal y como habían quedado, cada uno desde su casa.

Los primeros minutos de la conversación grupal fueron más motivacionales que productivos. Cada uno fue dando ideas y alusiones a grandes robots de la ciencia ficción, como R2D2, de la Guerra de las Galaxias, MazingerZ, o HAL, el de Odisea en el Espacio. Hasta que Rob se impacientó por ir al grano, viendo que se podría desmadrar la charla.

 

-Ya llegaremos a eso, equipo. – Interrumpió Rob, mostrando nuevos bocetos vagamente dibujados minutos antes, según las ideas que estuvo pensado durante el camino desde el pabellón deportivo hasta su casa.

-Ahora veamos de dónde podemos sacar información, cada uno para lo que nos toca. – Continuó Rob, mientras mostraba ante su webcam los dibujos. – De momento, tenemos claro que Keepy tiene que moverse, guardarnos cosas…

-Y cogerlas, con uno o dos brazos metálicos, -interrumpió Izan.

-Mola, supongo que dos brazos sencillos, con un par de pinzas, no serán muy difíciles,-aceptó Rob.

-Y una linterna que podamos encender a distancia o cuando detecte que no hay luz, – añadió Jimena.

– ¡Apuntado! Sería muy útil, -dijo Rob. – Izan, Jimena, Ana, id haciendo dibujos, según las medidas del armario, para incorporar una carcasa externa, ruedas, el hueco para los brazos, y la linterna. Ah, y un radar más webcam, para que veamos lo que “ve” Keepy.

-Genial, -dijo Izan. -Nos ponemos a ello.

– ¡Vale!, -exclamó Jimena, al tiempo que Ana asentía al lado de Rob.

-Perfecto, gracias chicos. -dijo Rob, mirando su lista para el siguiente punto. -Isa, ¿tema de baterías, placas solares, cargador?

-Había pensado que no será muy difícil desmontar placas solares de un juguete o algo y acoplarlas a Keepy, haciendo el típico circuito fácil de energía como los que nos enseñan en clase, o juntar pilas recargables y sus cargadores.

-Buenas ideas, me gusta más lo de las placas solares, pero ya veremos, -contestó Rob.

-Por cierto, deberíais mirar la web Mediatrens (6) o Mindstorms (7). -Añadió Isabel. – Nos pueden dar buenas ideas para construir y programar.

-Cierto, -señaló Rob,- yo las había echado ya un ojo con mi padre. Marco, ¿alguna idea para la programación de Keepy?

-Usando la Raspberry Pi (8) y varios códigos abiertos, -contestó Marco, al tiempo que Isabel y el mismo les iban pasando enlaces de esta web por el chat, – creo que podremos hacerle que aprenda juegos y que conteste preguntas básicas.

 

Esa noche, después de cenar, Rob intentó avanzar en la lectura de Los Lokthrans, pero, tan emocionado seguía con el robot, que apenas leyó dos páginas. Se puso a mejorar los planos cuando le sonó el móvil. Sobre la pantalla apareció la foto del perfil de Marco, junto a su nombre, en la aplicación de su chat virtual.

 

-¿Qué pasa, colega, quieres un duelo?,- le saludó Rob.

 

Intuía que Marco quería jugar unas partidas al Ajedrez en Internet. Tanto para las competiciones nacionales, que tenían lugar en la primera mitad del año, como los torneos internos del club al que asistía Marco para recibir clases, entrenarse con Rob le venía fenomenal a Marco. Además de repasar los libros de grandes maestros que tenía.

 

-Sí, y ya que no puedo darte una paliza por todo lo que gracias a mi has mejorado, te prometo una larga partida que acabará en un brutal jaque mate mío… si es que antes no cae un jaque mate pastor, -respondió, retador, Marco.

-Ni en sueños me vuelves a pillar con esa jugada. – Repuso Rob, igual de retador. -Es más, venderé cara mi derrota, si es que llega.

– ¡Qué te lo has creído! -contestó, riéndose,

-Ya veremos. -Replicó Rob. -En cinco minutos en ChessClub.

-Perfecto. Hasta ahora. -Se despidió Marco.

Nada más colgar, Rob bajó al salón. Su madre estaba viendo el canal internacional de noticias, mientras consultaba su móvil y ojeaba alguna revista de jardines.

 

– ¿Puedo jugar al Ajedrez con Marco en el ordenador?, -le preguntó Rob, más que nada para pedirle permiso.

-Dos horas como mucho. -Le concedió Catalina. -Y no te quedes hasta muy tarde leyendo luego. Dale ánimos de mi parte.

-Vale. -Contestó Rob al tiempo que encendía el ordenador. – Gracias mamá.

 

Durante las partidas, salvo para comentarse los errores, apenas hablaban por el chat de la web. Ambos se ponían en modo torneo, muy concentrados en cada movimiento. Les dio el tiempo justo para dos partidas, la segunda terminada algo más tarde de las dos horas, pero sus respectivos padres, mientras no estuvieran excesivas horas con un videojuego o con la televisión, no eran muy estrictos en ese sentido.

 

<<Con esta victoria me voy contento. Espero que te haya ayudado, colega>>, -tecleó Rob al término de la segunda partida, ganada por él al final del tiempo reglamentario y con pocas piezas sobre el tablero.

<<Sí, gracias, crack. Aunque has tenido potra… Otra vez la suerte del principiante, Jajaja.>>, -contestó Marco.

<<Sí claro… ánimo con los torneos, de mi parte y de mi madre. Buenas noches>>, se despidió Rob.

<<Gracias a los dos, ya os contaré>>, cerró Marco.

-Buenas noches, y gracias de parte de Marco – dijo Rob a su madre, apagando el ordenador.

-Buenas noches hijo, -dijo Catalina, – no apagues muy tarde.

-No, mamá, que pesada eres, -dijo Rob, protestando ante el gesto para que se acercara al beso de buenas noches.

– No te quejes tanto, que luego bien que os dejamos hacer lo que queráis -dijo

– ¿Qué tal las partidas?

-Muy bien, -contestó Rob. – Marco está mejorando mucho. La primera me ha enredado muy bien desde el centro, lanzando ataques por los dos flancos del tablero, y la segunda yo, pero ya al final del tiempo.

-Muy bien, chicos, – dijo Catalina.

-Por cierto, el próximo día de pelis, como me toca elegir, quiero ver En Busca de Bobby Fischer.

-Me parece buena idea, aunque ya te la debes saber de memoria, -sonrió Catalina, – ahora a dormir.

 

En Busca de Bobby Fischer era la película fetiche de Rob y Marco cada vez que éste tenía algún torneo.

Rob no tenía intención de apagar inmediatamente la luz. Más bien al contrario, se puso a leer, a la luz de su linterna y la manta que le hacía la vez de tienda de campaña bien cerrada para evitar que la luz se filtrara al pasillo, se puso a leer Los Lokthrans.

 

Antes de apagar la linterna, cuando ya le costaba mantener abiertos los ojos, metió el marcapáginas por donde iba y cogió su móvil para conectarse al chat grupal, con los oídos atentos por si subía su madre.

 

<<Chicos, ya tengo nombre mejor para nuestro chat, «los Estoicos», como los protagonistas de Los Lokthrans. Seremos Estoicos.>>. Sin hacer mucho destripe del libro, les resumió hasta donde había leído y luego, dándoles las buenas noches, cambió el nombre del grupo y apagó el móvil. Finalmente lo dejó cargándose antes de mirar hacía Keepy una última vez, apagar la linterna y entregarse por fin a los brazos de Morfeo.

 

Si ya estaban muy unidos, ahora, con este proyecto y grupo propio se sentían como una familia, como si fueran hermanos. Sobre todo, Rob y Marco, quienes se conocían desde muy pequeños. Ambos entraron juntos en la guardería, a los tres años. En seguida se hicieron amigos, compartiendo bloques de construcción y otros juegos de habilidad, demostrando mucho ingenio. A partir de entonces, se hicieron inseparables dentro y fuera de clase, salvo en lo deportivo. Y en el Ajedrez, ya que a Rob, al ser algo menos reflexivo que Marco, no se le daba tan bien como para participar en los torneos.

Ya en el primer curso del colegio no tardaron en congeniar con Isabel y, aunque fueran un año menores, con Izan y Jimena gracias a Ana. No es que tuvieran problemas con el resto de los compañeros, de hecho Rob estaba casi siempre de buen humor con todos y sabía tan bien cómo y cuándo hacer una broma que hasta los profesores no podían evitar reírle las gracias. Era el gracioso simpático del curso que caía bien a todos, y por extensión, Marco e Isabel también caían bien. Además de que los tres no dudaban en compartir sus apuntes de clase con todos.

Sin embargo, los seis compartían gustos similares en cuanto al cine, series, libros y la proximidad de sus casas entre sí hicieron que poco a poco fueran formando un grupo con el que compartirían mucho tiempo. Campamentos de verano, en el caso de Marco y Jimena; fiestas de cumpleaños y muchas tardes durante los fines de semana. Todo ello pese a los retos y piques que se lanzaban entre sí, sobre todo cuando jugaban a varios videojuegos en Internet o en las partidas de rol que solían organizar cada dos o tres meses. Piques llenos de odio y amor, como solo los buenos amigos pueden compartir de verdad. No es que Isabel fuera exclusivamente con Marco y Rob, también tenía su grupo de amigas en clase, pero la verdad es que desde siempre le había divertido más el fútbol y los videojuegos que las muñecas. Además, se empezaba a notar que la amistad entre Isabel y Marco iba más allá.

NOTAS:

  1. Basado en un hecho real: http://www.20minutos.es/noticia/2241817/0/carlos-perez-

naval/premio-fotos/fauna-salvaje-londres/

2. LHC, (Gran Colisionador de Hadrones, por sus siglas en inglés) Referencias:

https://es.wikipedia.org/wiki/Gran_colisionador_de_hadrones; http://home.cern/topics/large-hadron-collider y https://www.i-cpan.es/es/content/el-gran- colisionador-de-hadrones-lhc

3. Hace referencia a la película El chip prodigioso.

4. Véase Los Lokthrans, José Vicuña. Editado por S.L.U. Espasa Libros (2011).

5. Título original: Short Circuit. Película estadounidense de 1986 dirigida por John Badham. https://www.filmaffinity.com/es/film823778.html

6. MediaTrends: https://www.mediatrends.es/a/127043/proyectos-tecnologicos-educar-ninos-escolares- faciles-para-secundaria/

7. Mindstorms: https://www.lego.com/es-es/mindstorms

8. Raspberry Pi: https://es.wikipedia.org/wiki/Raspberry_Pi

 

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